EL COLUMPIO DEL TRISTE OLVIDO
Sus pies dibujaban un sendero en la nieve del cementerio. Lo había hecho con esmero, disfrutando del crujir del manto blanco en cada pisada, de cómo se hundía su bota. Siempre le había fascinado encontrar nieve virgen sobre una amplia extensión de terreno; le excitaba saber que ni siquiera una ardilla había posado sus patas allí. Cuando paseaba por el campo en los días de invierno tras una nevada, le gustaba pensar que solo Dios y él eran capaces de contemplar esa obra que tenía ante sus ojos. Era como algo a estrenar, como los zapatos que te pones por primera vez y todavía huelen a cuero. Al mismo tiempo sentía irrefrenables deseos de destrozarlo todo con la huella de sus botas, de lanzarse, cuando era mucho más joven, y formar con sus brazos y piernas la figura de su contorno. Por eso había encontrado satisfacción esa mañana al despertarse. Sabía que nadie habría ido al cementerio; era una fecha muy señalada, pero no para honrar a los muertos. Aquel día de San Valentín el sol apen...