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EL MALVADO LOCALION

El miedo le traspasó el pecho como un cuchillo al comprobar las heladas manos de la princesa. Ella no podía morir, no, él no la dejaría. La princesa exhalaba gañidos de esputos sanguinolentos; bocarriba y con los ojos cerrados, tumbada en la cama, una mueca de dolor le cruzaba el rostro. El paño húmedo para la fiebre le resbalaba de la frente. Pero el calor ya no era un problema, sino la ausencia de este. Bínrabel sabía perfectamente lo que sucedía en estos casos, cuando el calor se disipaba de la sangre y el corazón se detenía para no volver a latir nunca más; así que con manos nerviosas buscó en los cajones de la cómoda. Toda la habitación estaba llena de cachivaches esparcidos por doquier tras la llegada de la princesa a sus aposentos. Bínrabel agarró un cuenco y unas hojas de lívano, colocó estas dentro y las aplastó con esmero antes de mezclarlas con otra hierba hasta formar un mejunje. Él no tenía tiempo para más. No, él no podía demorarse. Se acercó a la cama y colocó el cue...

EL COLUMPIO DEL TRISTE OLVIDO

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Sus pies dibujaban un sendero en la nieve del cementerio. Lo había hecho con esmero, disfrutando del crujir del manto blanco en cada pisada, de cómo se hundía su bota. Siempre le había fascinado encontrar nieve virgen sobre una amplia extensión de terreno; le excitaba saber que ni siquiera una ardilla había posado sus patas allí. Cuando paseaba por el campo en los días de invierno tras una nevada, le gustaba pensar que solo Dios y él eran capaces de contemplar esa obra que tenía ante sus ojos. Era como algo a estrenar, como los zapatos que te pones por primera vez y todavía huelen a cuero. Al mismo tiempo sentía irrefrenables deseos de destrozarlo todo con la huella de sus botas, de lanzarse, cuando era mucho más joven, y formar con sus brazos y piernas la figura de su contorno. Por eso había encontrado satisfacción esa mañana al despertarse. Sabía que nadie habría ido al cementerio; era una fecha muy señalada, pero no para honrar a los muertos. Aquel día de San Valentín el sol apen...

AGRADECIMIENTOS DE FLORES

  Adjunto este texto a mi blog porque va dirigido a todos aquellos que me apoyan. No quería que estuviera restringido solo a los que compren el libro.  AGRADECIMIENTOS He empezado varias veces a escribir esta sección y he terminado borrándolo todo. No sé muy bien qué decir esta vez más allá de los gracias, los abrazos y lo mucho que me ha costado escribir el libro (tampoco cuesta tanto; al final uno coge práctica. Lo malo son las revisiones y la ansiedad que nace de las mismas). Sabéis que a mí no me gusta que este apartado sea tan simple. Yo siempre quiero que todo sea especial. Es por ello que, reviso, reviso, reviso, reviso y reviso, hasta que encuentro algún error (real o imaginario, da lo mismo. Incluso me gustan más los que son imaginarios). Entonces, reescribo, reescribo, reescribo, reescribo y reescribo. Cuando veo que en la trama no queda nada ya que rascar, que está todo analizado al milímetro, me pongo a buscar otras cosas. Como las veces que una expresión o una ...

AVANCE DE FLORES, UNA NOVELA AMBIENTADA EN CARIÑENA. CINCO CAPÍTULOS

  1 Viernes, 30 de agosto de 2024 Todo comenzó el día que me introduje el cañón de la pistola en la boca. Llevaba mucho tiempo queriendo hacerlo. Por fin daba el paso. Podéis pensar que la mano me temblaba o que un dolor inconmensurable ocupaba mi alma. Si no, ¿cómo pude llegar a esa situación?, os preguntaréis. Pero no sentía nada. Ese era precisamente el maldito problema. Nada. Ni una pizca de emoción. Tampoco sé cuándo esto se convirtió en un problema. Si lo que me daba pánico era sentir cosas. No lo entendía. Es muy posible que nunca os hayáis metido una pistola en la boca, así que no sabréis que el sabor es poco agradable. Quité el seguro. Mi dedo rozó el gatillo. Una ligera presión. Solo una ligera presión y todo habría terminado. Miré a mi alrededor, como si quisiera despedirme de la casa sucia y llena de trastos viejos. El polvo se acumulaba por doquier. Al que vivía allí, que era yo, no le importaba en absoluto. No me importaba nada. Entonces, ¿por qué me mataba...