COMOYO
Era un día de sol triste. Para Lauriel, era presagio de malas noticias. Ella recordaba lo que había sucedido la última vez que el sol estaba triste y… Apartó los pensamientos de su cabeza con un zangoloteo. Así se lo había enseñado su mejor maestra: ella misma. Salió de la cama y las tablas del suelo crujieron. La cabaña de la copa del árbol bamboleó y amenazó con desgajarse; por un momento, Lauriel creyó que era el fin y que el sol triste iba a tener explicación prontamente. Sin embargo, la resina que había usado para unir la madera hizo su función y la cabaña se mantuvo en su sitio. Lauriel sonrió y se abrazó el pecho, le susurró a su corazón que dejara de aletear con tanta fuerza. A este le costó un poco hacerle caso. Cuando este dejó de aullar de miedo, Lauriel bailó para que se moviera de alegría. Y con una sonrisa, comenzó a bajar por las escaleras que había unido al tronco en forma de tablas rugosas que se desmigaban en cada roce. Estas rasparían una piel poco endurec...