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LA CARA DEL SEÑOR ANDREWS

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  LA CARA DEL SEÑOR ANDREWS En Cariñena reinó la ansiedad el día que desapareció Adela. Era una niña de doce años, acababa de entrar al instituto, y siempre desplegaba una sonrisa que calentaba los corazones de todo el mundo justo antes de hechizarlos. Sus rizos dorados colgaban hasta sus hombros y se agitaban en los días de cierzo, sus ojos castaños brillaban con fulgor incluso cuando no había luz que reflejar. Saludaba a los vecinos del pueblo con una alegría en la voz que hacía que hasta los más ancianos y amargos recordaran momentos felices, y sus huesos dolían menos, de pronto la gayata no era tan necesaria. Le gustaba hablar con las señoras mayores, las cuales reían ante todas sus ocurrencias y pensaban, aunque no lo dijeran, que deseaban una nieta como ella. Los sábados iba a comprar con su madre, y en todos los establecimientos se llenaba el aire de su perfume y de su presencia. En el colegio dejaba prendados a todos los profesores, que no tenían ni que corregir los...

COMOYO

  Era un día de sol triste. Para Lauriel, era presagio de malas noticias. Ella recordaba lo que había sucedido la última vez que el sol estaba triste y… Apartó los pensamientos de su cabeza con un zangoloteo. Así se lo había enseñado su mejor maestra: ella misma. Salió de la cama y las tablas del suelo crujieron. La cabaña de la copa del árbol bamboleó y amenazó con desgajarse; por un momento, Lauriel creyó que era el fin y que el sol triste iba a tener explicación prontamente. Sin embargo, la resina que había usado para unir la madera hizo su función y la cabaña se mantuvo en su sitio. Lauriel se abrazó el pecho, le susurró al corazón que dejara de aletear con tanta fuerza. A él le costó un poco hacerle caso. Cuando dejó de aullar de miedo, Lauriel bailó para que se moviera de alegría. Y con una sonrisa, comenzó a bajar por las escaleras que había unido al tronco,  en forma de tablas rugosas que se desmigaban en cada roce. Estas rasparían una piel poco endurecida, pero n...

EL MALVADO LORD LOCALION

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El miedo le traspasó el pecho como un cuchillo al comprobar las heladas manos de la princesa. Ella no podía morir, no, pensó Bínrabel, pero la verdad era que la princesa exhalaba esputos sangrientos; tumbada en la cama con los ojos cerrados, una mueca de dolor le cruzaba el rostro. El paño húmedo para la fiebre le resbalaba de la frente. Pero el calor ya no era un problema, sino la ausencia de este. Bínrabel sabía perfectamente lo que sucedía en estos casos: cuando el calor se disipaba de la sangre, el corazón se detenía para no volver a latir nunca más; así que con manos nerviosas buscó en los cajones de la cómoda. Toda la habitación estaba llena de cachivaches esparcidos por doquier tras la llegada de la princesa a sus nuevos aposentos. Bínrabel agarró un cuenco y unas hojas de lívano, colocó estas dentro y las aplastó con esmero antes de mezclarlas con otra hierba de Mertholant hasta formar un mejunje. Se acercó a la cama y dispuso el cuenco sobre los labios de la princesa. Vol...

EL COLUMPIO DEL TRISTE OLVIDO

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Sus pies dibujaban un sendero en la nieve del cementerio. Lo había hecho con esmero, disfrutando del crujir del manto blanco en cada pisada, de cómo se hundía su bota. Siempre le había fascinado encontrar nieve virgen sobre una amplia extensión de terreno; le excitaba saber que ni siquiera una ardilla había posado sus patas allí. Cuando paseaba por el campo en los días de invierno tras una nevada, le gustaba pensar que solo Dios y él eran capaces de contemplar esa obra que tenía ante sus ojos. Era como algo a estrenar, como los zapatos que te pones por primera vez y todavía huelen a cuero. Al mismo tiempo sentía irrefrenables deseos de destrozarlo todo con la huella de sus botas, de lanzarse, cuando era mucho más joven, y formar con sus brazos y piernas la figura de su contorno. Por eso había encontrado satisfacción esa mañana al despertarse. Sabía que nadie habría ido al cementerio; era una fecha muy señalada, pero no para honrar a los muertos. Aquel día de San Valentín el sol apen...