AVANCE DE FLORES, UNA NOVELA AMBIENTADA EN CARIÑENA. CINCO CAPÍTULOS
1
Viernes, 30 de agosto de 2024
Todo
comenzó el día que me introduje el cañón de la pistola en la
boca. Llevaba mucho tiempo queriendo hacerlo. Por fin daba el paso.
Podéis pensar que la mano me temblaba o que un dolor inconmensurable ocupaba mi alma. Si no, ¿cómo pude llegar a esa situación?, os preguntaréis. Pero no sentía nada. Ese era precisamente el maldito problema.
Nada. Ni una pizca de emoción. Tampoco sé cuándo esto se convirtió en un problema. Si lo que me daba pánico era sentir cosas. No lo entendía.
Es muy posible que nunca os hayáis metido una pistola en la boca, así que no sabréis que el sabor es poco agradable.
Quité el seguro. Mi dedo rozó el gatillo. Una ligera presión. Solo una ligera presión y todo habría terminado.
Miré a mi alrededor, como si quisiera despedirme de la casa sucia y llena de trastos viejos. El polvo se acumulaba por doquier. Al que vivía allí, que era yo, no le importaba en absoluto.
No me importaba nada. Entonces, ¿por qué me mataba?
Ah, sí, por eso mismo.
Aun así, seguí mirando el Heraldo de Aragón, que ya tenía tres años y todavía estaba sobre la mesa. La portada ya era ilegible, pues se había llenado de manchas de café.
Mejor así. De ese modo, no podía ver mi cara en ella.
Quizás estaba demorando el momento de mi muerte. Pero ¿por qué lo haría? Si no quería vivir ya. Nada me ataba al mundo. Claro que no.
Mi dedo no apretaba el gatillo.
Sentí una vibración en mi bolsillo. Llamaban a mi móvil. No era un momento muy oportuno. O sí, qué más daba. No podía evitar que me volara los sesos. Fuera quien fuese, se iba a quedar con las ganas de hablar conmigo. Porque iba a apretar el gatillo. Sí, lo iba a hacer. Cruzaría el velo del olvido. Todo terminaría.
Saqué el teléfono del bolsillo a la vez que la pistola de mi boca. Era un número oculto. ¿Para qué descolgar?
—¿Sí? —dije tras aceptar la llamada.
Se hizo un silencio inquietante al otro lado, hasta que una voz grave se pronunció:
—¿Es usted el famosísimo y querido detective?
Creí detectar un atisbo de sorna en su voz.
—Supongo que soy famosísimo y querido —le respondí—. Depende de a quién preguntes.
—Tengo un caso que va a ser estimulante para usted.
No había nada en el mundo que pudiera hacerme reír, pero he de reconocer que esa frase estuvo a punto de provocarme unas carcajadas. Estimularme a mí era muy complicado.
—¿Ah, sí? ¿Y en qué consiste? ¿Otro asesinato imposible de resolver?
—Bueno, no es tanto el cómo, sino dónde se ha producido ese asesinato.
Y mi gesto cambió cuando escuché Cariñena.
2
Sábado, 31 de agosto de 2024
Llegamos, lo resolvemos y nos matamos, pensé mientras mi coche
salía de la autovía y hacía la rotonda.
Sí. Quizás tan solo me costase unos días. Una semana, a lo sumo. Pero la pistola que guardaba escondida en la guantera se activaría. Mi vida iba a acabar, más temprano que tarde.
Levanté el pie del acelerador cuando llegué a la altura del cartel que indicaba la entrada a Cariñena.
No me invadió ni un ápice de nostalgia cuando crucé el puente. La gasolinera quedaba a la derecha y el hotel, a la izquierda.
Rodeé la plaza de toros. La habían pintado y un cartel enorme con la figura de un torero adornaba sus muros. La vieja torreta que se alzaba detrás, lo poco que quedaba de la muralla medieval de Cariñena. Pasé por la puerta del centro médico y subí por la avenida Goya. Observé el Centro de Día. Allí pasé algunas tardes con mis abuelos, jugando al bingo. Aunque yo iba a merendar. Me encantaban los bocadillos de beicon y queso.
Recordé ese grueso árbol que dibujaba una barrera y dividía la calzada de la avenida Goya en dos carriles. ¿Qué habría sido de él?
Aparqué en esa misma calle, justo al lado de una casa con un gnomo de piedra en la puerta. Bajé del coche y contemplé las baldosas rosas y blancas que componían la acera. No las habían cambiado desde que me marché; el paso del tiempo había hecho mella. Podría dedicar más rato a describir la calle, pero lo veo absurdo. Los que sois de Cariñena ya sabéis dónde estoy. Y los que no sois de aquí no creo que estéis interesados en que hayan cambiado las farolas. Normal. Ya tenían sus años y desprendían una luz anaranjada.
Me acabo de dar cuenta de un asunto: puede que haya gente que lea esta historia y no tenga ni idea de qué diablos es Cariñena. Tampoco voy a enviaros a la Wikipedia, así que hago un pequeño resumen: Cariñena es un pueblo de unos 3.500 habitantes, de la provincia de Zaragoza. Se encuentra a unos cincuenta kilómetros al sur de la capital. Puede que lo conozcáis por su vino.
Ya podemos seguir con la historia.
Un joven, con aspecto atontado, paseaba a dos perros pequeños: un yorkshire terrier y un pomerania de color marrón. Al joven se le veía algo apurado, los perros no le hacían caso y tenía que insistir mediante tirones de correa para que le siguieran el paso. Se quedó mirándome. Me saludó. No le contesté.
Era un mediodía muy caluroso. Enseguida empecé a sudar, y eso que el trayecto hasta la casa de Ramiro era muy corto.
Me detuve en el portal. Estaba situado entre un quiosco, que hacía a su vez de estanco, y una mercería. Llamé al telefonillo que produjo un pitido molesto. Tardaron dos segundos en contestarme, como si Ramiro estuviera agazapado al lado del teléfono. Dije mi nombre y me abrió la puerta. Subí las estrechas escaleras. Era un edificio viejo, con las paredes desconchadas por el paso del tiempo. Por fuera estaba pintado de una mezcla de rosa y azul. No tuve que llamar al timbre de la puerta, ya estaba abierta. Y Ramiro, esperándome.
—Matías. ¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos? —me dijo con alegría.
Forcé una sonrisa. Creí percibir una pequeña mueca de desasosiego en él, como si hubiera notado la frialdad de mi interior. Yo seguía sonriendo.
—Años —repuse—. No recuerdo cuántos.
No mencionó nada de mi aspecto desaliñado. Ni siquiera torció los labios al verme. Pero detecté que se dio cuenta de que me encontraba desmejorado. Lo noté en sus ojos. O eso creí. Quizás buscara síntomas que me confirmaran lo que yo mismo pensaba.
—La de veranos que pasamos juntos, cuando tú eras chaval. Con tus padres y tu hermano —dijo él, yo seguí sonriendo; me dolían los labios, no estaban acostumbrados a permanecer tanto tiempo estirados—. ¿Quién me iba a decir a mí que te convertirías en Matías González, el detective más famoso de España? Se notaba que eras inteligente, pero tanto tanto…
Se rio de su propia gracia. Intenté ensanchar un poco más la sonrisa, pero no podía.
Ramiro siempre me había parecido un tanto estúpido, pero era muy amigo de mis padres, y conmigo se portó muy bien siempre.
No contesté y traté de que mi aspecto afable fuera toda la respuesta que requería ese comentario.
Se pasó la mano por su pelo moreno ya encanecido y me invitó a entrar. Caminamos por un pasillo estrecho en dirección al salón. Las paredes eran blancas y todavía conservaban el gotelé. Recordaba haber estado allí cuando era pequeño.
Me encantaba tocar el gotelé con los dedos y arrastrar mi mano por la pared.
De niño, claro.
Ramiro me indicó que me sentara en un mullido sofá. Chirrió un poco cuando lo hice. Miré la televisión encendida. No sabía que todavía echasen Mujeres y Hombres y Viceversa. Tampoco que Ramiro fuera el tipo de público al que le gusta el programa.
Quizás fuera uno parecido y no ese. Pero consistía en lo mismo, creo. Solo que en vez de en un plató, estaban en la orilla de una playa.
—No sabes lo que me ha costado que te contactaran. Traté de llamarte a tu antiguo móvil, pero ahora ese número parece ser de una señora mayor —dijo.
—Cambié de móvil hace tiempo. Para que fuera más complicado contactarme. No tengo tiempo para resolver tantos casos, y no me gusta decir que no a la gente —dije como explicación.
Ramiro asintió.
—Entiendo. —Me miró con fijeza—. Supongo que sabrás por qué caso estás aquí, ¿no?
—La verdad es que no tengo ni la más remota idea —dije con sinceridad—. Solo sé que me llamaron con un número oculto y me pidieron que viniera a verte. Acepté por ello. ¿Quién me llamó? —pregunté sin rodeos.
—No lo sé. Yo le dije al alcalde que debía contactar contigo. Me dijo que lo intentaría. A los días, me llamó para decirme que habías aceptado el caso y vendrías hoy a verme.
Chasqueé la lengua.
—Muy bien. ¿Y por qué querías que viniera?
—Porque la Guardia Civil ha dado el caso por cerrado, y eso es intolerable. No me lo podía creer, nadie pareció acordarse de ti. ¿Cómo se va a quedar un crimen sin resolver en Cariñena, cuando es del pueblo un detective que siempre resuelve los casos?
Menos una vez, pensé, he fallado una vez. La vez que más me importaba acertar.
—Lo resolveré —dije con seguridad.
—Estoy seguro de que sí —dijo Ramiro con una sonrisa—. Lo que me extrañó no verte ya por aquí cuando salió todo en los periódicos y en televisión. Bueno, y en el Twitter ese que manejan los jóvenes ahora. ¿Tú no tienes de eso?
—No. No me interesan en absoluto las nuevas tecnologías. Soy un absoluto negado para ellas. Todo lo que dicen los jóvenes me suena a chino. Tampoco leo ya prensa ni veo la tele.
Lo último era mentira. Sí que la veía, de vez en cuando. Pero hacía ya tiempo que se me acabaron las pilas del mando. No podía ver otra cosa que no fuera Real Madrid TV.
Ramiro abrió un poco los ojos.
—Entonces, ¿no sabes nada de lo que sucedió a principios de mes?
Lo decía con tal intensidad que estuvo a punto de causarme algo de intriga.
—No. Ya te he dicho que no tengo ni idea de por qué estoy aquí. ¿Qué pasó?
—Bueno —dijo con delicadeza, incluso algo de temor, me miraba como un conejo cuando el cazador le apunta con la escopeta—, han pasado varias cosas. Lo primero es que encontraron en el silo un cuerpo carbonizado, en los árboles que hay en la explanada, junto a la valla. Lo segundo es que desapareció…
Ya no le escuché decir lo segundo. No pude. No me lo esperaba. Un cuerpo carbonizado. En el silo. Igual que dieciocho años antes. Así murió mi hermano. En el único crimen que no había podido resolver. El motivo por el que me convertí en detective.
3
Agradecí el aire acondicionado que enfriaba el salón, pues el
calor corporal había aumentado mucho en los últimos minutos.
—Entonces se dijo que no había forma de identificar el cadáver. No se podía extraer ADN; sus huesos y su cuerpo se habían calcinado. Además, le habían arrancado todos los dientes antes de quemarlo —contó Ramiro.
Asentí.
—¿La Guardia Civil no lo relacionó con alguna desaparición reciente en la zona?
Yo daba golpes con mis dedos en la mesa, al lado del Aquarius de naranja que me había servido Ramiro. Me gustaba hacerlo mientras pensaba. Golpeaba arrítimicamente. Más despacio cuando pensaba, más rápido cuando se me ocurría algo. En ese momento, golpeaba muy despacio.
Ramiro negó con la cabeza.
—No. Dijeron que hay mucha gente que desaparece en España sin dejar rastro. No hubo ninguna desaparición denunciada cerca de aquí en las horas previas. Ni siquiera las semanas previas. Eso es lo que contó la Guardia Civil.
Tosió tras decirlo. Yo golpeé un poco más aprisa con mis dedos, no miraba a Ramiro siquiera.
—Eso quiere decir que el cuerpo provenía de algún lugar lejano. No, qué va. Nadie denunció su desaparición. ¿Un indigente, quizás? ¿Una prostituta?
—Puede ser —reconoció Ramiro.
—¿Y por qué no querría que identificaran el cadáver? —me pregunté.
Ramiro pensó un momento.
—Quizás porque el asesino teme que, si se descubre la identidad, puedan relacionarlo a él con el crimen —propuso.
—No —dije algo desdeñoso, como si Ramiro hubiera dicho una gran estupidez—. Si así fuera, no hubiera dejado el cadáver a la intemperie. El asesino quería que lo vieran, que alguien investigara lo ocurrido. Que no supieran qué había pasado.
Iba a añadir: “que me llamasen a mí”, pero no me atreví a verbalizarlo. Alguien había cometido un asesinato exactamente igual al de mi hermano. ¿Podía ser un fanático con rasgos psicópatas? ¿Alguien que quería imitar los crímenes más truculentos y regodearse con ellos?
—El silo se encuentra al lado del pabellón y las piscinas. No hay casas cercanas que tengan una visión clara desde la ventana. —Hablaba más para mí que para Ramiro. Quizás los que no seáis del pueblo estáis pensando en el silo como un depósito. Es confuso, pero en Cariñena se conoce como silo a toda la explanada rodeada por una valla, con un edificio gris enorme que se atisba desde la lejanía. En la oscuridad, parece la torre de un castillo lúgubre. A mi hermano, y a este nuevo cuerpo, los habían dejado junto a la valla de la puerta. Cerca de unos árboles—. Aun así, ¿alguien vio algo raro? ¿Humo? ¿Olía a quemado? ¿Escuchó gritos? ¿Vio algún forastero extraño?
—Nada —dijo con un toque de amargura—. No hubo ningún vecino que pudiese aportar algo de valor.
—¿Sabes si hubo alguna prueba? ¿Una huella? ¿Alguna hipótesis que manejase la Guardia Civil?
—No, en absoluto. Dijeron que creían que era un ajuste de cuentas. Un crimen irresoluble. Por eso creí que tú eras el indicado. He leído en los periódicos todo lo que has hecho. Resolviste varios casos para los que la Policía no tenía explicación. Tú eres capaz de resolver lo irresoluble.
Estuve a punto de reírme.
—Ramiro, si fueran irresolubles, no hubiera podido hacer nada. Ese término es incorrecto.
—Puede ser, pero ya me entiendes.
Me quedé callado.
—Sé lo que estás pensando —me dijo.
—Ah, ¿sí? —dije con indiferencia. Le di un trago al Aquarius.
—Entiendo que este crimen te suponga… Tenga implicación emocional para ti.
—¿Por? —pregunté con tranquilidad mientras dejaba el Aquarius sobre la mesa.
—No se me escapa que es muy parecido al que hubo hace veinte años —dijo con mucha delicadeza.
—Dieciocho —lo corregí—. Ya. A mí tampoco. Y ese crimen no lo resolví, ¿qué te hace pensar que ahora sí puedo?
—Tienes más experiencia. Ese fue tu primer caso.
Mis dedos golpearon con rapidez en la mesa. Hasta que se detuvieron.
—Ese no fue mi primer caso, sino mi caso —dije remarcando el “mi”—. Siempre he vuelto a él, una y otra vez. Pensando en quién quemaría a mi hermano. Quién le arrancaría los dientes y haría un collar con ellos, para colocárselo y que supiéramos lo que había sucedido con él. Quién lo dejaría allí para que lo descubrieran. Quién nos quiso hacer tanto daño a mí y a mis padres.
Hablé con bastante calma y frialdad, lo solté todo mirándole a los ojos.
Me fijé en los titubeos en su rostro, sus labios que se abrían y se cerraban, buscando palabras atinadas que decir en esa situación, pero no las había.
—Yo…
—No digas nada —lo interrumpí—. Me doy cuenta de lo que es esto. Un crimen que se repite muchos años después. ¡Como si fuera una novela policíaca! ¿Es alguien que quiere jugar conmigo? ¿Un loco que quiere imitar lo que leyó en una crónica de sucesos? ¿Lo que vio en un vídeo de YouTube? No lo sé. Pero veo otro callejón sin salida, igual que hace dieciocho años.
Suspiré y agité la cabeza.
—Yo solo quiero… —empezó a decir Ramiro.
—Sí. Sé lo que quieres, por algo soy detective. Crees haber encontrado otra pista que me dirija a descubrir al asesino, al que causó tanto dolor que hizo que tu mejor amigo se suicidara. Sí. Eso es, ¿verdad?
Ramiro me miró con ojos de cordero degollado, unas lágrimas se formaban allí, a punto de ser derramadas.
No contestó.
—Pues no has encontrado nada, tan solo es una pérdida de tiempo. Algo de lo que hay que alejarse. Si no, te consume. Es lo que te recomiendo que hagas, olvídate de ello. —Podía recomendármelo también a mí mismo, si soy honesto—. No hay ningún camino que seguir para investigar lo ocurrido. Nada. Caso cerrado.
Fui a levantarme del sofá para salir de allí, para huir de Cariñena. Para encontrarme con la pistola que me esperaba en la guantera de mi coche. Quizás me matase allí mismo. Sí. Para cerrar el círculo. Para que los cuatro muriéramos en el mismo pueblo.
—Hay algo más —dijo con un hilo de voz.
Reconozco que me mordió la curiosidad. Me dejé caer de nuevo en el asiento.
—¿Qué más?
—Una desaparición. Días después de que encontrasen el cuerpo en el silo.
—¿De quién?
—¿Conoces a Fernando Sánchez, el escritor de aquí?
Negué con un gesto.
—Bueno, no es muy conocido, la verdad. No ha vendido muchos libros. Se dedica a escribir novelas de misterio, thrillers policíacos. Un poco de todo. Después de que encontraran el cuerpo, estuvo yendo todas las mañanas al silo. Con una libreta. Se ponía junto a la valla y miraba a la zona acordonada por la Guardia Civil. Tomaba apuntes. Supongo que buscaría inspiración para una de sus novelas, pero era muy extraño.
—¿El qué era extraño? —pregunté.
Ramiro se llevó las manos a la barbilla y se la acarició mientras pensaba.
—Mmmm… Todo. Varias personas del pueblo coinciden en lo mismo. Ya digo que siempre ha sido algo huraño, pero miraba con odio a todo el mundo cuando volvía de tomar apuntes. Yo me lo crucé un día a la altura del Discobar, sentí incluso un escalofrío cuando me miró. Poco después, desapareció sin dejar rastro. Su mujer puso una denuncia, podrías ir a hablar con ella.
Golpeé muy despacio con mis dedos, demasiado despacio. Luego, muy deprisa.
—¿Para qué? —dije con una mueca de desprecio—. Tiene pinta de ser solamente un loco. Quizás se obsesionase y ahora se haya encerrado en un hostal a escribir, como hizo Agatha Christie.
Me levanté del sofá. Ramiro también se incorporó, muy aprisa; buscaba palabras y formas para retenerme, pero no había ninguna.
—Ramiro, te agradezco que hayas pensado en mí para esto, sé que tus intenciones son buenas —le dije mirándolo a los ojos. Eso pareció aplacarlo, pues iba a decir algo y las palabras murieron en sus labios—. Y te tengo aprecio por la amistad que te unía con mis padres, pero deja ya el tema, de verdad. No hay nada que podamos hacer.
Se rindió, no sin antes decirme la dirección de la mujer del escritor. Tras un rato más de conversación de temas banales y recuerdos, me despedí de él. Se empeñó en darme un abrazo acompañado de unas palmadas en la espalda. No disimulé una mueca de desasosiego cuando él no me podía ver.
—Por favor —me dijo ya en la puerta, su voz se expandía por el eco del edificio—. Piénsatelo un poco. Eres el único capaz de resolver esto.
—No prometo nada —dije.
Él se resignó y cerró la puerta, algo apesadumbrado.
Salí a la calle y me dirigí al coche. Me encontré al chico de antes, el que paseaba a los perros con aspecto atontado. Vivía en la casa del gnomo de piedra, o al menos salía de ella. Volvió a saludarme, y lo volví a ignorar, parecía que no aprendía.
Me monté en el coche y cerré la puerta. Hacía un calor de mil demonios allí dentro. Rebusqué en la guantera hasta tocar la pistola. Dirigí el cañón a mi barbilla, me acaricié con mucha suavidad, y quité el seguro.
Entonces, me puse a recordar.
Domingo, 16 de abril de 2006
Era un domingo a las cinco de la tarde. Jugaba el Zaragoza; y
por lo tanto teníamos la radio puesta mientras pescábamos en el
estanque de Cariñena; y por lo tanto el Zaragoza encajó un gol, de
penalti; y por lo tanto mi hermano dijo:
—Lo que tiene que hacer este equipo es invertir. El cabrón de Solans no pone un duro. Menos mal que se va ya de una vez por todas. De colchones sabrá, pero de fútbol…
—Ya —dije, escuetamente. Me aburría mi hermano cuando sacaba su versión forofa de fútbol. Se volvía muy vulgar.
La voz de Ortiz Remacha se escuchaba con nitidez a través de la radio, mientras anunciaba que el autor del gol era Lucas Lobos, para poner el empate a uno en el electrónico. Me parecía impresionante el timbre que tenía. No sé dónde estará ahora, pero supongo que seguirá en la radio. Mi hermano continuó aportando sus ideas sobre qué debía hacer el equipo de fútbol para ganar partidos; se lamentaba por la reciente derrota por 4-1 en la final de Copa frente al Espanyol.
La verdad es que tampoco me entretenía mucho hablar del Zaragoza. Ni de fútbol en aquella época; bastante tenía con aguantar el apogeo de Ronaldinho, el declive de los galácticos y la marcha de Florentino Pérez. Solo un par de meses antes habíamos encajado un 6-1 por parte del Zaragoza en Copa del Rey. Con ayuda de Tomás Roncero, invocamos al espíritu de Juanito, pero ni con esas logramos remontar en la vuelta.
Fueron insoportables los siguientes días en clase.
Y eso que solo nos quedamos a un gol de pasar a la final. Empezamos con un 3-0 en los primeros diez minutos. Los jugadores del Zaragoza estaban superados por el miedo escénico del Bernabéu. Yo lo veía hecho, pero no fue suficiente. Lograron recomponerse y solo encajaron un gol más en el resto del partido. Todavía recuerdo el golazo de Cicinho y el pase que Beckham le dio a Ronaldo para que hiciera uno de los tantos.
—He leído que un tal Agapito Iglesias va a comprar el Zaragoza. Para hacer una fuerte inversión. Ese nos llevará a ser grandes de nuevo. Como cuando fuimos los mejores y ganamos la Recopa.
—Ya —dije, aunque lo que pensé es que no sabía cuándo fueron grandes anteriormente, ni tampoco los mejores.
—A Aimar y Ayala ficharía yo. Para ser como el Valencia. Ese es el camino que hay que tomar. Hay que meter dinero, y luego se recuperará con creces cuando juguemos la Champions. Es un chollo. Pero el de los colchones no lo ve.
—Ya.
Remacha comentó que el Zaragoza y el Cádiz desfilaban rumbo a los vestuarios para el descanso.
Mi hermano recogió el sedal. Estábamos solos en el estanque, en una tarde primaveral que parecía veraniega. Mi madre nos dijo que nos echáramos crema antes de ir, pero no le hicimos mucho caso. Nos gustaba subir a pescar las tardes de los fines de semana, con la bicicleta.
La lombriz había conseguido huir del anzuelo, o un pez muy habilidoso la había extraído del mismo sin que el corcho se hundiera. Colocó otra lombriz y lanzó la caña. El corcho rojo y verde salió a flote con un débil chapoteo. Corría un ligero viento, formaba pequeñas olas en las aguas nerviosas.
—Así que vas a hacer Medicina… —dijo mi hermano con algo de retintín, mientras se acariciaba el pelo rubio.
—Si saco la nota que quiero en Selectividad, sí —respondí con naturalidad.
Él bufó.
—¿Cómo no vas a sacar la nota que quieres? Siempre te sale todo bien, Matías.
Mi hermano Óscar tenía dos años menos que yo. Él iba a cuarto de la ESO y sus notas no eran del todo buenas. Yo siempre había sacado sobresalientes en todas las materias, menos en Educación Física.
—Bueno, ya veremos, ¿quién sabe? Puede que me ponga nervioso, ya sabes que tengo ese problema. O quizás los que corrijan sean muy duros. Por cierto, ¿cómo sabes que quiero hacer Medicina? Te lo ha dicho mamá, ¿no?
—Pues claro, si no habla de otra cosa —dijo con algo de amargura—. Matías va a hacer Medicina. Mi Matías será médico, como mi padre. —Cerró los ojos—. Todo lo que habla de ti es positivo. Como si fueras...
Dejó la frase a medias y soltó un suspiro. Apoyó la caña en el suelo y se cruzó de brazos. Le puse una mano en el hombro, apreté suavemente. Él no se inmutó.
—Óscar, tú también harás una buena carrera. Harás lo que tú quieras. Solo tienes que estudiar un poco más. Sales demasiado de fiesta últimamente.
—Bah —dijo con desprecio y un gesto de su brazo. Sus ojos grises se posaron en el agua del estanque—. ¿Para qué? Yo como mucho saco notables, aunque me esfuerce lo máximo posible, y eso no es suficiente.
—¿Cómo no va a ser suficiente? Está muy bien sacar un siete o un ocho —repuse.
Me miró con mordacidad.
—¿A ti te parecería bien sacar un siete o un ocho?
—Eeeh… Bueno, yo… Es que suelo sacar más.
Mi hermano rio y negó con la cabeza.
—¿Ves? Yo no valgo para los estudios. No a tu lado.
—No te compares conmigo. A mí se me da muy bien memorizar. Estudiar solo consiste en eso, pero tú tienes otras cualidades. No las eches a perder.
—Yo intento no compararme contigo, pero díselo a los papás —dijo con resignación.
—Vamos, Óscar, solo lo dicen para ponerte un aliciente y que estudies, aunque creo que se equivocan de estrategia. Ellos te quieren, igual que yo, saques las notas que saques. Eso no importa.
—Ya.
El móvil le vibró. Le había llegado un SMS. Leyó el mensaje y sonrió. Recogió el sedal y empezó a plegar la caña.
—Me tengo que ir ya —dijo—. Tú quédate si quieres. Quizás no vaya a cenar a casa. Diles a los papás que estoy en casa de Raúl.
—Pero no te ha escrito Raúl, ¿no? —pregunté suspicaz.
Él se detuvo un instante.
—Eeeh… No. Ha sido otra persona.
—El otro día me dijo Raúl que hacía mucho que no quedabais. Que ahora ibas con gente más mayor. Que venían con coches desde Zaragoza y tenían mala pinta.
Óscar puso una mueca de disgusto.
—No sé para qué Raúl dice nada… —dijo entre dientes y desabrido.
—También me contó que algunos llevaban las cabezas rapadas. Y tatuajes extraños. ¿Son nazis? —pregunté directamente.
Me preocupaban las costumbres de mi hermano en las últimas fechas. A veces, llegaba de fiesta los sábados en torno a las cuatro o las cinco de la mañana, pero por su cara al día siguiente, daba la sensación de que no había dormido nada en toda la noche. Yo pensaba que había empezado a consumir alguna droga.
—No, no son nazis, no te preocupes, Matías. Son gente legal, pero ya sabes cómo son los papás. Enseguida se ponen nerviosos. A ellos no se lo digas. Hazlo por mí, ¿quieres?
Me miró con intensidad, como si le fuera a decepcionar enormemente si me negaba.
—Vale —dije muy a mi pesar.
Sabía lo que se avecinaba si lo contaba en casa. Mis padres se pondrían como un basilisco. Castigarían a mi hermano. Y entonces Óscar nos odiaría.
Se montó en la bicicleta y se despidió de mí a la vez que pedaleaba. Me quedé solo, mientras las aguas reflejaban la luz del sol y las ranas croaban.
Remacha narró un gol de Pavoni para que el Cádiz se pusiera por delante, pero ya no le importaba a nadie en el estanque.
4
Guardé la pistola en la guantera y me bajé del coche. Caminé
hasta la esquina de la farmacia, y me quedé mirando un cartel que
había pegado a un pilar gris. Informaba acerca de una desaparición
y adjuntaba una foto: en ella, la cara de Fernando Sánchez me
observaba con ojos inquietantes, verdes y minúsculos, tras unas
gafas cuya montura caía casi hasta la punta de la nariz. Su rostro
era tan serio como el de la viuda en un funeral. Sus labios dibujaban
una fina línea recta. Su pelo empezaba a encanecerse y se alborotaba
en varios remolinos. Como un mar cuando soplan tempestades.
Debajo de la foto había un número de teléfono, y rogaban que llamasen para comunicar cualquier tipo de información.
“Desaparecido en el mes de agosto”, rezaba el cartel.
Alguien me reconoció.
—¿Matías? ¿Eres tú?
Me giré y miré al hombre que había hablado. Pedro, mi quinto, con él había ido a la escuela y al instituto. Lo encontré mucho más gordo, y más calvo. Aunque yo tampoco estaba en mi mejor momento. Él se dio cuenta por el vistazo que me dio de arriba abajo y la mueca torcida de sus labios.
—Sí —dije, y forcé una sonrisa.
Me dio un abrazo. No estuve muy cómodo, pero se lo devolví. Hasta le di en la espalda los mismos golpes que él a mí.
—¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos? —dijo cuando nos separamos.
—Años.
—Sí. Desde que te has hecho famoso, has dejado de lado a los del pueblo.
Se rio para atenuar la acusación. Yo seguí forzando la sonrisa.
—Tengo poco tiempo, la verdad.
—Claro, tanto investigar es lo que tiene. Me tengo que ir, Matías. ¿Te vas a quedar unos días por aquí?
—Eeeh… Quizás. No sé —respondí con la verdad.
—Bueno, pues que sepas que dentro de no mucho es la cena de quintos. Preguntaron por ti, te metimos en el grupo de WhatsApp, pero ahora ese número parece que es de una señora mayor. Se fue del grupo, pero se despidió antes con mucha educación. Si quieres venir, será el 4 de octubre, en el Bako. Y me voy, adiós, nos tomamos algo un día. Ya verás cuando les cuente a los demás que te he visto.
Lo último lo dijo ya en movimiento, mientras caminaba y se alejaba. No tenía ni idea de qué era el Bako, pero no le pregunté.
Y yo también me alejé, fui hacia el paseo. No me crucé con nadie que me reconociera; mejor. Observé el monumento que marcaba el inicio del paseo. Avancé un poco más y me fijé en las huellas de manos que adornaban el suelo. Hacía tiempo que cada personaje ilustre que era invitado a Cariñena inmortalizaba su visita de esa manera. Colocaba sus palmas para que quedaran impresas y dieran constancia del hecho.
Siempre me habían requerido a mí para ello, pero decliné todas las proposiciones. No me interesaban esas cosas.
Me detuve enfrente del Discobar, me dirigí a un portal y llamé a la casa de la mujer del escritor.
Nadie contestó. Insistí.
Escuché que descolgaban el telefonillo.
—¿Quién es? —dijo una voz femenina.
—Buenas tardes, señora. Soy Matías González, detective privado. Si tuviera la amabilidad de atenderme para que le haga unas preguntas, se lo agradecería. Solo serán unos minutos y no le molesto más.
Abrió la puerta como respuesta. La empujé y entré.
—Sube, sube —dijo la mujer desde arriba. El eco de su voz resonó por el edificio.
Llegué al segundo piso y ella estaba esperándome en la puerta. Era más joven de lo que creía, no alcanzaría la treintena de años.
Aunque no me fijaba mucho en la gente, he de reconocer que era muy guapa. Rubia y de ojos castaños. Una sonrisa permanente en su rostro y un brillo sensual en su mirada. Por si fuera poco, el escote era muy pronunciado. O el arranque de sus pechos, como diría Pérez-Reverte en algunos de sus libros.
—Solo será un momento, señora —dije con sobrealiento. Había subido dos pisos y ya notaba el esfuerzo. Estaba en una forma física lamentable.
—Oh, pero no me llames señora. Tutéame. Soy Vanessa —dijo con una risita—. Anda, pasa. En verdad, esperaba que llegara alguien así. Y nada menos que ha venido Matías González, el tan famoso detective.
Me guio hasta el salón.
Un sofá de color morado, muy cómodo, por cierto, ocupaba la mayor parte de la estancia. Las noticias de Telecinco en el televisor con el sonido apagado. La luz entraba por la ventana con la persiana a medio bajar. Hacía mucho calor, incluso más que en la calle. No tenía aire acondicionado. Escuché el ruido de un ventilador, provenía de otra habitación.
Cuando me senté en el sofá, Vanessa dijo:
—¿Quieres algo de beber, Matías?
—No, gracias.
—¿Cerveza? ¿Agua? ¿Coca-Cola? —insistió.
—De verdad que no. Solo quiero hacer unas preguntas y me iré enseguida.
—Cerveza —dijo guiñándome un ojo y sonriendo. Desapareció rumbo a la cocina.
Se encontraba demasiado ufana. Quizás fuera una armadura para protegerse del dolor de la desaparición de su marido. Me había encontrado con gente que aplicaba esa estrategia durante mis investigaciones.
Vanessa regresó y colocó una lata de Ambar en la mesa y un vaso de cristal. Se sentó a mi lado y se inclinó un poco hacia mí. Ensanchó su sonrisa.
—Pregúntame lo que quieras.
Yo no dejé de mirar la cerveza, pese a que no tenía ninguna intención de bebérmela, ni siquiera de abrirla. Beber alcohol no era muy recomendable en mi situación.
—Supongo que sabes por qué estoy aquí.
—Sí —dijo mientras también asentía con la cabeza—. Su proximidad me incomodaba. Olía su perfume. Era muy suave, como una fragancia de fresas. Apenas llevaba, solo se distinguía cuando estaba tan cerca—. Desde luego. ¿Has venido de propio para ello?
—Mmm… Claro. Si no, ¿qué iba a hacer aquí?
Intenté parecer gracioso, sin mucho éxito. Hacía tiempo que no escuchaba la expresión “de propio”. Si esta novela tiene algún éxito fuera de las fronteras de Cariñena, que lo dudo, que sepáis que significa algo similar a “expresamente”. Es algo muy aragonés. O quizás zaragozano. Ni idea. Pero tampoco soy lingüista. O la especialidad que se dedique a eso. Sigamos con la historia.
—No lo sé —dijo ella con un encogimiento de hombros—. Hay veces que uno encuentra en sitios algunas cosas que no ha ido a buscar en un principio.
Elevó la cabeza, dejando a la vista su cuello. Un par de gotas de sudor hacían el recorrido hasta adentrarse en el sendero de su pecho.
—Mmm… Ya. La vida es fascinante. Uno no cree que pueda… Cuando vas a… —Carraspeé—. ¿Podemos hablar del caso ya?
La miré a los ojos y no mudó su gesto, esperando a que yo hiciera la primera pregunta. Posé mi mano sobre la mesa y comencé a tamborilear con los dedos, muy despacio.
—Iré directo al grano: me han dicho que su marido tuvo comportamientos extraños justo antes de su desaparición.
—Mi marido era extraño —respondió con naturalidad.
Mis dedos tamborilearon un poco más aprisa. Había dicho “era”, en pasado, como si su marido ya no fuera a volver nunca más.
—Pero ¿tanto? Se dice que se comportaba de forma más rara desde que se encontró el cadáver en el silo.
Vanessa torció los labios.
—Puede ser. Si soy sincera, no me fijaba mucho. Nuestro matrimonio no pasaba por su mejor momento. Habíamos perdido la magia del principio.
—¿Cuánto tiempo lleváis casados?
—Siete meses.
Mis dedos aumentaron su ritmo y repiquetearon en la mesa de cristal, mi meñique rozó la lata de Ambar, estaba muy fría.
—Según me han contado, su marido pasaba largos ratos en el silo, mirando el lugar del suceso mientras tomaba apuntes en una libreta. ¿Le dijo algo sobre ello?
Vanessa negó con la cabeza, casi aburrida.
—¿Solía hacer cosas similares para inspirarse de cara a la escritura de una novela?
—Mi marido no me contaba nada respecto a ello. A mí no me interesa la literatura, ¿sabes? —Se inclinó un poco más hacia mí—. Yo no he leído apenas. Creo que el problema fue que Fernando y yo teníamos poco en común. Y la diferencia de edad también fue un motivo que nos alejó.
—¿Qué edad tiene Fernando?
—Cincuenta y ocho años.
Mis dedos bajaron su ritmo.
—¿Y tú?
—Veintinueve, recién cumplidos. ¿Y cuántos años tiene Matías González? —preguntó inclinándose todavía más hacia mí.
—Treinta y seis, pero eso no tiene nada que ver —dije, desdeñoso. Ella compuso una mueca de desagrado y se alejó un tanto de mí—. ¿Tu marido guardaba sus libretas o sus escritos en algún lado?
—Sí, las libretas están en su despacho —dijo Vanessa secamente.
—¿Podré verlas?
—Como si te las quieres llevar todas.
No le di importancia a su cambio de actitud, solo había supuesto una mayor velocidad en mi tamborileo.
—Antes de nada, quiero que me cuentes todo lo que recuerdes del día de la desaparición. Una cronología de los hechos, sin escatimar en detalles.
Vanessa miró arriba antes de responder.
Mis dedos se movieron aprisa.
—El día de la desaparición no vi a Fernando. El anterior me dijo que iba a salir temprano a la mañana siguiente, que había quedado con su amigo Jorge de Aguarón. Me avisó para que no lo esperase a comer.
—¿Solía hacer planes de ese tipo? —la interrumpí—. ¿Faltaba a comer por quedar con gente?
—No, eso fue raro. Siempre comía en casa.
—¿Y qué relación tenía con Jorge?
—Creo que buena, aunque solo recuerdo verle el día de la boda.
Aumento de velocidad en mis dedos.
—¿Fernando tenía muchos amigos?
—No, la verdad es que no. Pasaba el día escribiendo y apenas salía. No era una persona muy sociable.
—De acuerdo. Perdona, Vanessa, por la interrupción. Sigue contando todo lo que recuerdes del día de la desaparición.
—Fernando no vino a comer, como así me advirtió. Se me hizo raro que no me escribiera por WhatsApp, lo hacía con frecuencia siempre que estábamos separados. Aunque tampoco le di una gran importancia. Cuando no vino a cenar, lo llamé. El móvil estaba apagado. Esperé hasta medianoche. Ahí llamé a la Guardia Civil para contar lo que había pasado.
—¿No llamaste a Jorge?
—No tengo su número.
—Vale, sigue.
—La Guardia Civil me dijo que darían vueltas por Aguarón y Cariñena, para ver si lo localizaban. A la mañana siguiente, me llamaron. Habían encontrado el coche de Fernando, abandonado en un camino. Pero no había ni rastro de él.
Lo había relatado todo sin emoción alguna.
—Vale —dije mientras mis dedos se movían con tranquilidad. Vanessa reparó en el cambio de ritmo en mi tamborileo, miró mi mano, extrañada—. ¿Ninguna huella? ¿Ninguna nota? ¿Nada?
—No. Nada.
—¿Habíais discutido recientemente? ¿Hubo algo que tú hiciste que pudo molestarlo, que pudo llevarlo a abandonarte?
Vanessa tardó un poco en responder.
—No. Nada.
—De acuerdo. —Me puse en pie—. Si eres tan amable, ¿puedes enseñarme su despacho, para que examine sus libretas?
—Claro.
Vanessa me llevó hasta allí, era un cuarto pequeño, poco iluminado. Olía a cerrado y a sudor.
Un montón de hojas desperdigadas en una mesa. Había apuntes en ellas, garabatos y frases escuetas. Abrí un cajón que estaba lleno de libretas. Las examiné un poco. Le pedí a Vanessa una bolsa para llevarme todas, necesitaba más tiempo y quería revisarlas a fondo.
—¿La Guardia Civil no se interesó por las libretas y los escritos? —pregunté.
—No —respondió con rapidez—. Si te digo la verdad, no parecieron muy preocupados. Apenas me hicieron caso.
—Suele pasar. Aunque depende de con qué guardia civil te encuentres.
—Yo no los vi muy profesionales —dijo—. No creo que el caso de la desaparición estuviera en unas buenas manos. —Se acercó a mí y me acarició el hombro ligeramente con los dedos—. Hasta que has llegado tú. Ahora sí que está todo en buenas manos.
Sentí un escalofrío con su contacto. La miré de reojo, muy serio. Ella hizo un mohín. Retrocedió.
—¿Sabes lo poco que se gana siendo escritor? —me preguntó mientras yo llenaba la bolsa.
Casi me río de verdad. Hacía tiempo que nada me causaba tanta risa.
—Depende de los libros que vendas.
—Pues Fernando vendía pocos. Yo creía que todos los escritores eran millonarios. Los detectives sí que ganáis mucho.
—Depende de los casos que resuelvas.
—Pero tú has resuelto muchos. Y muy complicados.
—Sí, la verdad es que sí.
Terminé de recoger todo el material que creí de potencial utilidad y me giré hacia Vanessa.
Me observaba desde la puerta, apoyada en el marco. Se mordía el labio inferior, con un brillo triste en sus ojos.
Le pregunté:
—¿Sabes dónde puedo encontrar a Jorge?
—Tiene un bar en Aguarón.
—Vale, con eso me sirve.
Intenté salir de la habitación, pero Vanessa se quedó allí plantada, para impedirme el paso, o para que tuviera que rozarla si quería salir.
Así hice.
Sus pechos me rozaron el hombro izquierdo.
Abrí la puerta que daba a la calle y antes de marcharme le dije:
—Por cierto, no te lo tomes a mal, soy gay.
5
Le mentí. O sea, yo no sabía si era gay o no. No me planteaba
nada de eso. Al menos no en ese momento. Siempre me habían atraído
las mujeres en mi juventud, pero ahora yo qué sabía.
Eran casi las cuatro de la tarde. Mi estómago demandaba que comiera algo. Hasta entonces no había notado el hambre. Estaba demasiado concentrado en observar y analizar todo.
No sabía dónde ir a comer, así que entré al German Kebab de al lado del portal de Vanessa. Pedí un mixto especial solo carne para llevar.
Fui a recoger mi coche a la avenida Goya. Dejé las libretas y los documentos del escritor en la guantera. Comí aprisa el kebab.
Las servilletas que me habían dado en el local no fueron suficientes; terminé de quitarme las manchas de salsa con un trapo que quizás no estaba del todo limpio.
Luego, con el estómago ya lleno, conduje hasta Aguarón. Es un pueblo que se encuentra a escasos kilómetros de Cariñena. En pocos minutos ya tenía mi coche aparcado enfrente de la casa de Jorge, tras las indicaciones de un simpático transeúnte.
Llamé a la puerta y me recibió un hombre de unos sesenta años. Se movía con dificultad, gracias a la ayuda de una muleta, pese a que no era tan mayor como para tener problemas de movilidad. De pelo castaño con la raya en medio. Un jersey azul con unas flechas rojas bordadas en el lado izquierdo del pecho. Su sonrisa era como la de un lobo, y se relamía cada pocos segundos. Parecía un tic nervioso.
—¿Quién eres? —dijo de forma afable.
Me presenté como Matías González, el detective privado. Él reaccionó con una mirada de arriba abajo. Después de dos relamidas a su labio superior, llegó a la conclusión de que era verdad.
—Supongo que vienes por lo de Fernando.
—Así es. Me gustaría hacerle unas preguntas, en el caso de que tenga un momento para mí.
No me invitó a pasar, y tampoco confirmó con ningún gesto que pudiera comenzar el interrogatorio. Se quedó observándome, en silencio. Lo interpreté como una señal de permiso.
—¿Es cierto que había quedado con Fernando el día de su desaparición?
—Sí.
—Cuénteme más. ¿A qué hora habían quedado y qué iban a hacer?
—Pues le dije que se viniera a almorzar. Sobre las diez de la mañana, más o menos.
—¿Acostumbraban a quedar muchas veces?
Dos relamidas de labio inferior.
—Oh, no —dijo—. Nos veíamos poco. Fernando es un hombre solitario. Un poco… extraño.
—¿Cómo se conocieron?
—De siempre —dijo encogiéndose de hombros—. Mi padre y el suyo eran amigos. Así que de chicos nos juntábamos mucho. Luego no perdimos el contacto, ¿sabes? No es que fuéramos íntimos amigos ni nada de eso, pero alguna vez hablábamos. No mucho, porque él solo hablaba de sus libros, y a mí eso me da un poco igual. No he leído un libro en mi vida. Bueno, desde que iba al colegio.
—Ya… —Mis dedos tamborileaban despacio en mi pantalón—. ¿Y qué pasó el día de su desaparición?
—Pues que no vino. Habíamos quedado y no vino. No sé nada más.
—¿Y no lo llamó? ¿No le escribió para ver si acudía o conocer el motivo de su retraso?
—Pues no. Es que mira, habíamos quedado varios. En el garaje del Otilio. Allí saca unas brasas y hacemos chorizo, longaniza, panceta… Me di cuenta de que no aparecía, pero no le di importancia. Dije: pues le habrá salido algo que hacer. O no le habrá dejado la mujer.
Se rio de su comentario. Mis dedos golpearon aprisa en mi pantalón.
—¿Qué opina de su mujer, de Vanessa?
Suspiró. Poco a poco, se iba relajando, se le soltaba la lengua y sus formas eran más coloquiales.
—¿Qué voy a opinar? Pues que va buscando perras —dijo como si fuera una evidencia palmaria—. Ahora, me parece a mí que ha pinchado en hueso, porque el Fernando no tenía un puto duro. Toda su puta vida escribiendo y no gana una perra, es que madre mía. Se va a juntar con el Fernando por lo guapo que es, ¿o qué? —Soltó una risotada—. Hay que ser inocente para no darse cuenta. ¿O no?
Me miró a mí, buscando confirmación de su teoría.
—Sí, hay que ser un poco inocente. Tiene usted toda la razón —reconocí, y forcé una tímida sonrisa que lo complació sobremanera.
—Pues eso.
—¿Y notó algo extraño en el comportamiento de Fernando en los días previos?
Torció los labios.
—Pues si es que no lo veía, maño. A ver, siempre ha sido raro; las cosas como son. Con sus libros y sus gaitas. Pero nah, yo creo que como siempre. —Se echó un poco para delante y agitó la cabeza, negando, como diciendo que era absurdo opinar lo contrario.
—De acuerdo. No le molesto más. Solo una última pregunta: ¿qué cree que le sucedió? ¿Lo han secuestrado, ha huido?
Jorge se lo pensó un instante.
—Pues no me extrañaría que se fugara, o algo así, ya te digo que no andaba muy bien del bolo. ¿Quién lo va a secuestrar? ¿Qué podían querer de él?
Me encogí de hombros.
—Eso es lo que pretendo averiguar.
—Pues vas a tener faena —dijo con sorna. Me miró detenidamente—. Oye, por cierto, tú eres famoso, ¿no? ¿Podemos sacarnos una foto?
Mis dedos tamborilearon a un ritmo normal.
. . . . . .
Ya estaba de vuelta en Cariñena. Debía decidir qué hacer. Bueno, no, en verdad ya lo había hecho. Pasé con el coche por mi antigua casa. Todavía conservaba su propiedad, aunque hacía años que no venía. Imaginé que su interior estaría lleno de polvo. Levanté un poco el pie del acelerador a la altura de la puerta, y pensé hasta desechar la idea. No podía entrar allí. Demasiados recuerdos que abrirían la puerta a mis emociones más tristes.
Era mejor dejarlo estar. Jamás iba a volver allí. Aparqué en una explanada al lado del cuartel de la Guardia Civil; era el aparcamiento del hotel-restaurante Casa Marzo. Cogí los documentos y las libretas de Fernando de la guantera y salí del coche. Me dirigí al hotel. Allí pedí una habitación individual. Subí las escaleras, entré en mi cuarto y me dejé caer sobre la cama. Desplegué los papeles por el colchón. Seleccioné uno y me puse a leer.
Con una mano agarraba la hoja, la otra se mantenía junto a mi muslo, golpeando el colchón suavemente con mis dedos. A veces, más deprisa. Otras, más despacio. Casi. Estuvo a punto pero no. El amago de una sonrisa quería dibujarse en mi cara. Como en los viejos tiempos. Hacía dos años que no entraba en acción. Ahora tenía un caso que resolver. Quizás así podía volver a sentir cosas sin temor a que me hicieran daño. Sí, quizás hubiera espacio para la ilusión. ¿Por qué no? A lo mejor podría sentir algo de nuevo, podría ser feliz.
Estuve un rato leyendo apuntes de las novelas de Fernando y reflexiones vitales, tenía inquietudes filosóficas. Todo iba bien. Hasta que leí una de las últimas libretas. Casi en las páginas finales, supe que la ilusión no me esperaba en este caso, sino el auténtico terror. Se coló en mi sangre, navegó por ella como si fuera un velero llevado por el viento enfurecido. Llegó hasta mi corazón, lo estrujó con fuerza y le ordenó que latiera a toda velocidad.
Con una caligrafía caótica y una tinta roja como la sangre:
Hola, Matías, estaba deseando que nos conociéramos, un placer. No sabes lo que me ha costado diseñar esto para llamar tu atención. Creéme que nos vamos a divertir; esto solo acaba de empezar. Yo sé quién mató a Óscar, pero antes, vamos a jugar. BIENVENIDO AL JUEGO DE TU VIDA.
Muchas gracias si has leído hasta aquí. Para seguir, puedes reservar o comprar el libro en este enlace: FLORES, UNA NOVELA AMBIENTADA EN CARIÑENA
Por si te lo preguntas, la versión física no estará disponible para su compra hasta el mismo día de lanzamiento, 20 de enero de 2026.
Un fuerte abrazo, amigo lector.
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