RELATO DE TERROR HALLOWEEN 2025
¿Y QUEDARON DOS?
Las gotas de lluvia repiqueteaban en la ventana cuando llamaron al timbre. Enseguida se escucharon pasos en la escalera. Lentos y suaves. Los pies de Sandra apenas apoyaban la puntera.
Llegó a la cocina, estaba totalmente a oscuras. Era iluminada de vez en cuando por los relámpagos que asomaban en la noche lluviosa.
Se mantuvo agazapada en medio de la oscuridad, pensando que quizás se había marchado.
Otro relámpago. Muy intenso.
Iluminó por completo la estancia y se reflejó en los ojos del gato negro que descansaba sobre la mesa. Se llamaba Chompi. No parpadeaba y miraba fijamente a Sandra.
A ella nunca le había gustado ese gato, era de su hermana Beatriz.
Volvieron a llamar al timbre y el gato bufó.
El corazón de Sandra latió aprisa, como la lluvia que arreció contra la ventana. El viento se levantó y aulló. Un trueno lejano hizo crujir el cielo.
Sandra caminó de puntillas hacia la puerta. Muy despacio. Controlando la respiración. Apoyó las manos y movió el frío metal de la cubierta de la mirilla. Acercó la cara y puso el ojo.
Afuera, en mitad de la noche lluviosa, había un hombre. Su figura se recortaba contra la luz de la luna. Se abrazaba a sí mismo y temblaba, aterido y empapado.
Sandra dudó. Y luego abrió con delicadeza. La puerta se movió con un chirrido y la luz de la farola iluminó la cara de Sandra.
Era una niña de diez años. Su pelo rubio estaba recogido en una coleta y vestía un pijama rosa con un dibujo de Piolín. El viento frío la golpeó, se coló entre su ropa y le extrajo todo el calor del hogar; la piel se le puso de gallina. Miraba con ojos azules y temerosos a un hombre sonriente.
—Hola —dijo con alegría el hombre—. ¿Están tus padres en casa?
Tenía los ojos negros como un pedazo de madera quemada. Su sonrisa temblorosa le dibujaba unas arrugas muy pronunciadas al borde de los labios. La mantuvo durante todo lo que duró el silencio de Sandra.
—No —dijo al fin—. Pero mi padre va a venir pronto.
—Oh. —Su sonrisa se apagó. Alzó las cejas—. Vengo de cenar por ahí. Quería meter el coche en el garaje, pero parece que tu padre ha aparcado donde no debía. —Soltó una risita extraña para atenuar la acusación. Sonó como un chirrido—. Me gustaría saber si lo puede mover. Si es que viene pronto.
Sandra se relajó.
—No sé exactamente cuándo llegará. Pero se lo diré. ¿Dónde vives?
—En la acera de enfrente. Tres casas más abajo. —Se giró y señaló con la cabeza. Sin dejar de abrazarse el cuerpo—. El coche de tu padre está aparcado justo en la puerta de mi garaje. Pero no pasa nada. Me gustaría que mi coche no se mojara, pero no pasa nada.
Sandra llegó a sonreír un poco.
—Se lo diré. No te preocupes.
—De acuerdo. Pasa una buena noche de Halloween. —Hizo un gesto con la cabeza y se dio la vuelta, sin esperar contestación.
—Adiós e igualmente —dijo Sandra a la espalda del hombre.
Cerró la puerta y apoyó la espalda en ella. Soltó un suspiro a la vez que cerraba los ojos. Cuando los abrió, vio a Chompi. No se había movido de la mesa y seguía mirándola con esos ojos brillantes y suspicaces.
Sandra lo ignoró y subió las escaleras. Esta vez sin procurar no hacer ruido. Entró en la habitación y encontró a Beatriz mirando por la ventana. Veía la lluvia caer mientras el cristal devolvía el reflejo de sus ojos tristes. Su gesto era de hastío, de falta de vida. Las ojeras moradas, casi negras, envolvían la parte inferior de sus ojos. Era tan blanca como un cadáver sin sangre. Su cabeza no tenía un solo pelo, pero la llevaba tapada con una gorra de color rojo. Siempre se la ponía en presencia de su hermana. Vestía con una chaqueta gris y un pantalón vaquero desgastado.
—¿Quién era? —dijo con muy poco interés, sin quitar la vista de la ventana.
—Un vecino —respondió Sandra—. Papá ha aparcado en la puerta de su garaje y quería que moviera el coche.
—Estará papá como para conducir cuando venga —dijo Beatriz, en un tono a medio camino entre la amargura y la mordacidad—. Estará como para hacer cualquier cosa. Será mejor que el vecino no lo espere despierto.
Sandra se encogió de hombros.
—Solo está pasando una mala temporada. Todo mejorará en el futuro. Cuando todo se solucione.
Beatriz negó con la cabeza, pero no la contradijo.
—¿Tienes sueño? —le preguntó.
—No. Ni una pizca —dijo Sandra. Se acercó a su hermana y le acarició la espalda—. Había pensado que, para una noche que pasamos juntas, deberíamos aprovecharla al máximo.
Beatriz la miró algo escéptica.
—¿Y qué quieres hacer? ¿Contamos historias de miedo con la luz apagada? —lo dijo con algo de retintín. Sandra sabía que estaba casi siempre de mal humor. Era normal en su situación.
—Pues me parece una idea genial. ¿Dónde está la linterna de papá?
—No sé.
—Voy a buscarla.
Salió aprisa de la habitación. Entró en el cuarto de su padre. La cama estaba sin hacer y tuvo que arrugar la nariz y respirar por la boca. Las persianas no se habían subido en varios días. Necesitaba una ventilación urgente.
Rebuscó en los cajones, apartando los paquetes de tabaco casi vacíos, y la encontró. Era amarilla y tenía una cuerda para que la pudieras atar a la muñeca. Le dio a un botón que tenía en la parte trasera y se iluminó la cara. Cerró los ojos y compuso una mueca mientras apartaba el foco. Se rio ella sola y volvió con su hermana.
—Ya la tengo —dijo con alegría.
Beatriz asintió con aburrimiento. Seguía mirando por la ventana. Ni siquiera había querido disfrazarse para ir a pedir caramelos. Decía que estaba muy cansada.
—Venga, Bea. Vamos a tumbarnos en la litera. Cada una en su cama. Apagamos la luz y yo cuento la historia.
Beatriz, con algo de resignación, fue a subir a la parte de arriba de la litera. Sandra la cogió de la mano con delicadeza. Estaba tan fría como el hielo en un amanecer de invierno. La acarició con los dedos y la miró a los ojos. Los de Beatriz eran de un azul apagado, como el agua del mar en un día nublado. Sus labios se curvaron hacia abajo. Pareció incómoda y rehuyó el contacto visual.
—Eh —le dijo Sandra, y con la mano libre la cogió de la barbilla, le pasó un dedo por el labio e hizo que volviera a mirarla—. Sé que es terrible.
—No lo sabes —dijo, casi ofendida.
—Me lo imagino. No lo puedo saber, pero me lo imagino. No están siendo fáciles los últimos meses en casa.
—En el hospital tampoco están siendo buenos meses.
—Ya. Lo sé. Pero ahora estamos aquí, juntas. Igual que en la tripa de mamá. Siempre. Desde que existimos, estamos juntas. —La abrazó. Al principio, Beatriz se quedó tan rígida como un maniquí. Pero luego le devolvió el abrazo a su hermana. Ambas quedaron unidas. Como dos piedras imanes que siempre buscan encontrarse. Beatriz suspiró. Y Sandra dijo—: Es todo horrible. Pero te vas a curar, ¿me oyes? Todo va a salir bien. Papá estará más en casa. Mamá saldrá del psiquiátrico. Todo. Todo va a ir bien. ¿Sabes?
Beatriz guardó silencio unos cinco segundos.
—Sí, todo va a ir bien.
Lo dijo con tan poca fe, con una voz tan cansada, que estuvo a punto de hacer llorar a Sandra. Sin embargo, contuvo las lágrimas. No podía cambiar el ánimo de su hermana en un chispazo. Pero sí podía cambiar el suyo propio. Quizás así se contagiaría. Sí. Quizás la alegría funcionase así.
—Venga, Bea. Ponte arriba, que las luces se apagan y la función comienza.
Beatriz subió por la escalera y se recostó. Sandra se introdujo en la cama y le dio al interruptor; encendió la linterna y apuntó a la puerta cerrada. Mientras pensaba, escuchaba la lluvia contra el tejado, llamando con insistencia. Igual que a la ventana. No habían bajado la persiana y entraba por ella la luz de las farolas, iluminando tenuemente el trozo más próximo de la habitación.
Un relámpago vino para abrir paso al trueno. Cayó muy cerca. Las dos hermanas dieron un respingo. Llovió con tanta fuerza que Sandra tuvo que alzar mucho la voz para oírse por encima del repiqueteo incesante. Las gotas eran como clavos chocando contra las tejas.
—Había una vez dos hermanas que se querían mucho —dijo mientras movía la mano para que la luz recorriera el ancho de la puerta.
—No parece el inicio de un cuento de terror.
Sandra siguió la historia.
—Ellas tenían muchos problemas, pero siempre se tenían la una a la otra. Juntas, podían conseguir cualquier cosa. Un día, recibieron una mala noticia. Un monstruo había entrado en el cuerpo de una de ellas: la más guapa y lista.
Beatriz bufó.
—¿Así piensas?
—Sí —dijo Sandra contundentemente—. Claro que pienso así. —Apuntó hacia arriba con la linterna e iluminó el rostro de Beatriz. Estaba asomada y la luz le daba un aspecto fantasmagórico—. Eres muy guapa, Bea. No hay monstruo que pueda cambiar eso.
Beatriz asintió sin energía.
—De acuerdo, sigue.
Sandra volvió a apuntar a la puerta con la linterna.
—El monstruo quería devorar a la más guapa de las hermanas. Pero… Pero… No iba a poder. Porque la otra hermana tuvo una idea.
—¿Cuál?
—Mmmm… No lo sé. Tengo que pensarla.
—Es que no hay ninguna idea que pueda derrotar a este monstruo.
Lo dijo sin atisbo de expresión en la voz. Como si hablara del color del cielo en una mañana de verano.
—Alguna habrá. Los médicos…
—Ellos no saben nada —dijo tajante—. Ellos… Solo hay alguien que sabe.
Hizo una pausa y la curiosidad mordió a Sandra.
—¿Quién?
—Mi amigo.
—Ah, ¿te has echado un amigo en el hospital? ¡Qué bien! Al principio, decían que no querías juntarte con los demás niños.
—No es un niño.
—Ah, alguien más mayor. Claro, tú eres muy inteligente. Seguro que necesitas hablar con gente que sabe más de la vida y esas cosas.
—Bueno, es que en verdad no es mi amigo, pero él dice que sí —dijo casi susurrando.
Sandra se incorporó de la cama y se quedó sentada. Entrecerró los ojos.
—No te entiendo, Bea.
—Viene a verme por las noches.
—¿Es un enfermero?
—No creo.
—¿Tiene bata blanca?
—No lo he visto nunca.
—¿Cómo? Bea, me estás engañando, ¿verdad?
Beatriz soltó una risotada.
—Ojalá. Él no tiene cuerpo. Es solo una sombra. A veces, me despierto en mitad de la noche. Y sé que él está ahí. A mi lado. Noto cómo el colchón se hunde. Noto su presencia. Oigo su respiración. Pero no veo a nadie.
Sandra sintió un latido anormal de su corazón.
—¿Y… te habla? ¿Te dice algo?
—Me dice muchas cosas. Sabe todo de mí. De nosotros.
—¿Qué te dice?
—Me dice todo lo que no quiero oír. Que solo soy una niña ya muerta. Que mamá acabó en un psiquiátrico por mi culpa. Que he destrozado a papá. Que tú… —Hizo una pausa. Parecía que las palabras se le atascaban en la garganta. Habló con una voz rota, como si masticara trozos de hielo y estos le bajasen por la garganta, impidiéndole vocalizar—. Que tú deseas que yo me muera ya para que todo vuelva a la normalidad.
—¡Ni en broma! —Las lágrimas recorrieron el borde de sus pestañas. Agitó la cabeza—. ¡Ni en broma! ¡Yo no quiero que te mueras! ¡Me destrozaría! Yo quiero que estemos juntos los cuatro, como si nada hubiera pasado.
Sandra escuchó el chirrido de los muelles del colchón. Apuntó con la linterna hacia arriba y vio de nuevo el rostro de su hermana. Tenía los ojos sin expresión. La boca semiabierta.
—Él dice que mientes.
—¡No miento! ¡Oh, Bea! No pienses ni un segundo en ello.
—¿Tú me quieres, Sandra?
—Claro que te quiero. Eres mi hermana. Yo te adoro. Lloro todas las noches por ti. Rezo. Le pido a Dios que te salve. Me he comprado una Biblia y cada día leo un poco. La tengo en el armario. Marco frases que creo que te pueden ayudar, pero… pero… me daba vergüenza decírtelo. No… No sé qué más puedo hacer, Bea. Pero te quiero. De verdad.
Beatriz extendió el brazo y le tendió la mano a su hermana. Seguía mirándola sin expresión, pero una lágrima se formó en su ojo izquierdo y cayó. De golpe. Sobre la zapatilla de andar por casa de Sandra.
Sandra alzó la mano y se la cogió. Trató de transmitirle su calidez. Los ojos de Beatriz brillaron tenuemente.
—Te creo, Sandra.
—Claro. ¿Cómo te voy a mentir?
—Pero él no te cree —dijo, muy seria.
—¿Cómo? —Titubeó y los labios le temblaron—. ¿Él me oye?
—Sí —dijo sin expresión.
—¿Él… está aquí?
La puerta de la habitación se abrió de golpe. Ambas dieron un grito de puro terror. Sandra se golpeó la cabeza con la parte de abajo de la cama de Beatriz. Lanzó la linterna en un acto reflejo a la figura que había en el umbral.
—¡VETE! ¡CABRÓN, CABRÓN! —gritó Sandra fuera de sí.
La luz se encendió. Y se dieron cuenta de que no había que temer al amigo de Beatriz, aunque el miedo no se disipó del todo. Los ojos acristalados y confundidos de su padre no daban crédito.
—¿Qué cojones hacéis, niñas?
Hablaba con voz gangosa. Iba empapado. Se tambaleaba, y cada paso hacía un ruido de fricción en el suelo, debido al agua de su suela. Llevaba una chaqueta mal puesta y el cabello apelmazado, el flequillo en cuatro mechones gruesos y pegado a la frente. Tenía la boca abierta en un gesto entre la imbecilidad y la incomprensión.
El corazón de Sandra golpeaba con fuerza su pecho, como si fuera un bombo en plena procesión de Semana Santa.
—No… No te hemos oído llegar —dijo Sandra, con la voz entrecortada y la respiración agitada.
Ahora, con la luz encendida y su padre delante, el “amigo” de su hermana parecía solo una pesadilla que dejas atrás una vez abres los ojos.
—Estáis sordas —dijo, y soltó una risita extraña.
—¿Dónde estabas? —preguntó Beatriz.
El padre la miró como si no supiera a qué se refería. Habló sin vocalizar mucho. Y muy despacio. Hacía eterna cada frase, aunque fuera muy corta. Pausaba entre ellas.
—Estaba con un amiguete mío. Ya sabéis. Ahora, como no tengo mujer, pues me tomo mis libertades. Él no puede, que está casado. —Se rio como si lo último fuera un chiste. Hinchó un poco el pecho, como si hubiera algún orgullo en ser un desgraciado al que nadie espera en casa—. Y ya me he tenido que venir. Porque solo no me iba a quedar. Ya le he dicho a la camarera que me venía. Porque me esperaban mis niñas. Le he dicho a la chiquilla. Que la camarera es muy maja, enrollada. La hija de un tío que tenía una ferretería. Que vosotras no os acordaréis, pero ese hombre era muy amigo mío. Se murió, hace no me acuerdo cuánto. Creo que de un tumor que le sacaron. Le he dicho, a la camarera, que tengo dos hijas que no sabes cómo son: guapas, guapas, guapas, guapas…
Alargaba la “s” en cada una de las palabras. Beatriz no se mordió la lengua y lo interrumpió. Había que hacerlo. Si no, su padre daba vueltas a temas sin sentido. Como si le hubieran dado una cuerda que jamás se terminaba.
—¿Y por qué estás hasta tan tarde en el bar?
Su padre entornó los ojos y la miró incrédulo y ofendido.
—Oye, que soy joven, Beatriz. Yo tengo que salir a conocer gente. Vosotras estáis aquí muy bien. Pero yo ¿qué hago aquí? Se me cae la casa encima.
Se hizo el silencio. Sandra no sabía qué decir. Nunca le contestaba a su padre. Siempre esperaba a que él callara. O se encerraba en su cuarto y no salía. Antes él no bebía. Hasta que se llevaron a su madre. Desde entonces, no había dejado de hacerlo.
—Venga —dijo el padre, dando una palmada—, a lavarse los dientes. Beatriz, tú ponte el pijama.
Beatriz suspiró con fastidio mientras bajaba de la litera. Pasó por delante de su padre y compuso una mueca. El padre pareció complacido, le acarició la cabeza y le dijo, con tono infantil:
—Beatriz…
Ella aceleró el paso y fue hasta el baño. Sandra se acercó a la puerta. En cuanto dio un paso, la inundó el olor desagradable a alcohol y tabaco que desprendía su padre. Él alzó la mano para acariciarle la cabeza. Ella dijo:
—Se me olvidaba. Ha venido un vecino antes.
El padre torció el gesto.
—¿Quién?
—No sé. Era un chico joven. Me ha dicho que vivía en la acera de enfrente. En una de las casas.
—Será un gilipollas. ¿Qué quería?
—Que quitaras el coche de la puerta de su garaje. Dice que lo has aparcado allí.
El padre rio.
—Pero si yo tengo el coche bien aparcado. Siempre.
—Ya…
Sandra trató de escabullirse, pero no se libró de las caricias en el pelo de su padre, le dieron un escalofrío y apretó los dientes.
—Sandrica…
Ella aceleró el paso y entró en el baño. Al alejarse de su padre, notó una ausencia de presión en el estómago.
“Es solo una mala temporada”, se dijo a sí misma. “Todo pasará, Sandra”.
Beatriz se cepillaba los dientes. La pasta le salía por la boca mientras se miraba en el espejo. Tenían un baño amplio, con dos lavabos separados por una superficie de mármol. Allí descansaba Chompi, que ronroneaba con los ojos cerrados.
Sandra se puso en el otro lavabo. Cogió el cepillo y lo llenó de pasta. Durante un minuto, solo se escuchó trabajar al cepillo, la respiración de Chompi y el agua del grifo correr.
Beatriz se enjuagó la boca y se limpió con una toalla. Cogió a Chompi en brazos y lo apretó contra su pecho. El gato bufó, pero luego se relajó. Cuando Sandra terminó de cepillarse, Beatriz fue hasta ella y apoyó la cabeza en su hombro.
—Lo siento, Sandra.
—¿Por qué?
—Por la historia de antes. Yo… me la he inventado. A veces, estoy muy triste. Siento un nudo en el pecho. Quiero llamar la atención. Creo que eso me alivia.
Sandra la abrazó. Quedaron juntas, solo separadas por el gato, que abrió mucho los ojos, creyendo que estaba en riesgo de ser aplastado por el amor de esas hermanas.
—Te entiendo, Bea. Es durísimo. Pero todo va a salir bien. Ya verás. Mamá volverá a casa y papá dejará de beber. Tú te curarás.
—No sé…
—¡Sí! —la interrumpió Sandra, con demasiada vehemencia. Luego relajó el tono—. Sí. Hay que confiar.
Se abrazaron en silencio mientras la lluvia repiqueteaba en el tejado. Al final, Beatriz se separó con un suspiro.
—Vamos a dormir. Sin historias. Tenemos que descansar bien. Mañana papá ni se levantará para hacer el desayuno o la comida. Tendremos que encargarnos nosotras de todo.
Sandra se encogió de hombros.
—No te creas. Se toma un café y se reactiva. Lo único es que está muy serio y es desagradable.
—¿Y a mamá la has ido a ver?
—No me dejan. Todavía no. Dicen que está controlada, pero que es pronto para que reciba visitas.
Beatriz asintió.
—¿Qué pasó exactamente?
Sandra suspiró y miró hacia abajo.
—Yo solo sé lo que dicen por ahí. Jorge me lo dijo, riéndose delante de toda la clase.
—Siempre ha sido un imbécil —dijo Beatriz, con gesto de asco—. Se merece lo peor.
—Es gilipollas.
—¿Y qué dicen?
—Pues… Mamá intentó matar a una señora. Con una navaja de afeitar. No lo consiguió. Pero le faltó muy poco.
—¿Qué hizo esa señora?
—Nada, que yo sepa. Mamá decía que la miraba mal y que la había pillado meando en nuestro jardín. Pero la señora lo niega. El caso es que… todos dicen que está loca.
—Supongo que lo está —dijo Beatriz, secamente.
Se miraron a los ojos durante dos segundos. Ambas vieron que las lágrimas iban a florecer en el rostro de la otra y se abrazaron de nuevo. El gato saltó para salvarse y esperó paciente a que las hermanas se separaran. Tan solo tardaron unos tres minutos en los que Sandra no pudo contener unos cuantos sollozos.
—Vamos a la cama —dijo Sandra.
Beatriz cogió a Chompi y salieron del baño. La puerta de la habitación estaba cerrada. Y un grito agudo salió de sus bocas cuando la abrieron.
La sangre cubría el suelo. Un reguero brotaba del pecho de su padre. Él yacía tumbado bocarriba. Con los ojos abiertos y el rostro formando una mueca de terror, los brazos haciendo una cruz. Dos hendiduras eran la fuente de ese manantial de sangre. Se extendía por el suelo hacia los pies de las hermanas, como una ola de mar antes de recogerse.
El gato saltó de los brazos de Beatriz. Colocó sus garras en el suelo y resbaló con la sangre. Se marchó a la carrera con el rabo erizado, dejando un sendero de huellas rojas.
—¿Cómo? —dijo Sandra, que no podía apartar la vista del cadáver de su padre. Ella mantenía los ojos muy abiertos en medio del temblor de sus manos y el frenesí de su corazón palpitante—. ¿Está muerto?…
Sus últimas palabras fueron dichas con un hilo de voz.
Beatriz se acercó al cuerpo, despacio. Se arrodilló y se manchó el pantalón vaquero de sangre. Le puso dos dedos en el cuello, para buscar su pulso, ante el grito ahogado de Sandra.
—Sí —respondió con voz queda—. Creo que sí.
Se estremeció mientras se ponía en pie, abrazándose a sí misma y contemplando a Sandra. Esta solo negaba con la cabeza, manteniendo el gesto de incredulidad.
—Alguien le ha disparado —dijo a la vez que señalaba los dos agujeros de su pecho—. Pero… Pero… No hemos oído nada. ¿Cómo?
—No sé —contestó en un susurro. Las lágrimas empezaban a surcar su rostro blanco.
Sandra dio un respingo.
—El asesino… El asesino todavía puede estar aquí.
En ese momento, Beatriz fue hasta ella y la abrazó. Ambas quedaron en silencio, con el corazón palpitando pecho contra pecho, y un rabillo del ojo fijándose en la puerta. El pasillo estaba a oscuras. Apenas la luz de la habitación iluminaba hasta las escaleras que llevaban a la planta baja.
—Tenemos que llamar a la Policía —dijo Sandra—. ¿Papá tendrá el móvil en el bolsillo?
—Puede ser.
Sandra tragó saliva.
—¿Puedes comprobarlo tú? A mí… A mí me da miedo acercarme.
Beatriz asintió, solemne. Se separaron, muy poco a poco. Quedaron cogidas por la punta de los dedos. Cuando se soltaron, Sandra sintió tanto frío que tuvo que abrazarse. Cruzó los brazos delante del dibujo de Piolín de su pecho y tembló.
Su hermana fue hasta el cadáver y rebuscó en sus bolsillos, tanto en el abrigo como en el pantalón. Sacó un paquete de tabaco arrugado y un mechero. También la cartera y las llaves. Lo apoyó todo en el suelo, sobre una baldosa a salvo de la sangre.
Todavía agachada, se giró y miró a Sandra con temor.
—No tiene el móvil.
—¿Crees… crees que quien sea se lo ha quitado?
—Ni idea.
Se miraron un momento, hasta que Beatriz corrió de nuevo a abrazar a su hermana. La lluvia seguía persistiendo en el tejado y en la ventana. Varias gotas se adherían al cristal hasta verse vencidas y deslizarse por el mismo. Los relámpagos se sucedían cada cierto tiempo, como flashes de una cámara antigua que quisiera captar el momento de aquella habitación.
La sangre ya les manchaba las zapatillas mientras ellas lloraban.
—Tenemos que salir de casa —dijo Beatriz—. Vayamos a pedir ayuda a un vecino.
—Sí… —Sandra sentía que cada palabra se le atascaba en la garganta. Como si necesitase que unas tenazas las sacasen por su boca—. Pero juntas. No te separes de mí.
—Vale.
Ambas giraron y se dispusieron a caminar abrazadas hacia el pasillo.
—Bea —dijo cuando aún no habían puesto un pie más allá del umbral.
—Dime.
—Lo de tu amigo… Eso que me has contado antes, ¿de verdad era mentira?
—Sí —dijo con rapidez—. No te preocupes por ello.
Sandra hipó.
—Vale, vale.
Salieron al pasillo.
—¿Dónde habrá ido Chompi? —preguntó Beatriz.
—El gato ahora da igual. Tenemos que salir de aquí. Ya.
Pese a la urgencia de su voz, se movieron muy despacio, como si tuvieran miedo de hacer ruido. Un paso, otro paso. Sandra le clavaba las uñas sin querer en el brazo a Beatriz. Beatriz apoyaba la cabeza en el hombro de Sandra, la visera de la gorra le rozaba la barbilla.
Llegaron a la escalera, y dieron la luz que alumbraba la misma. Sandra soltó un suspiro de alivio cuando no apareció una figura armada en el descansillo. Apoyó la mano en la barandilla de madera.
—Vamos —dijo Sandra, tratando de animar a su hermana—. No queda nada. En cuanto pongamos un pie en la calle, corremos. Pero de la mano.
La luz se apagó. Las dos gritaron y se abrazaron con más fuerza en medio de la oscuridad. Un relámpago iluminó brevemente la escalera.
—¿Qué ha pasado, Bea? ¿Le has dado al interruptor sin querer?
—Yo no, yo no —dijo con la voz cargada de terror.
—Vuelve a darle.
Sandra escuchó que Beatriz pulsaba el interruptor. Pero la luz no volvió.
—El asesino está aquí —dijo Beatriz—. Ha cortado la luz.
—Habrá sido la tormenta —dijo Sandra, que notaba el sudor recorrer su cuerpo y una presión el estómago. Sentía ganas de vomitar—. Tenemos que bajar a tientas. No pasa nada, Bea. Vamos.
Tiró ligeramente del brazo de su hermana. Ella se mantuvo rígida.
—No puedo… —contestó en un susurro.
Sandra le dio un beso. Creyó que en la mejilla, pero no lo sabía en medio de la oscuridad.
—Bea, vamos, de verdad. Si nos quedamos aquí… —Tragó saliva e hizo una pausa, le molestaba mucho el latido acelerado de su corazón—. Vamos, Bea. Piensa que ha sido la tormenta. El asesino ya no está en casa.
Buscó su mano y se la acarició.
Sintió como Beatriz daba un paso y bajaba un escalón.
—Así es. Muy bien. Venga.
Terminaron de bajar la escalera. Muy poco a poco. Despacio. Dando pasos tan suaves como el pétalo de una flor que se posa en el suelo tras ser arrastrado por el viento. Se daban la mano, para temblar juntas, y llegaron a la cocina. Gritaron cuando vieron los ojos amarillos de Chompi. Estaba sobre la encimera.
Se acercaron a él y lo oyeron bufar. Su lomo se contrajo y estiró una garra para arañar el aire.
—Deja al gato, Bea. Está muy nervioso. Tenemos que salir.
Notó que su hermana no se oponía. Y caminaron juntas hacia la puerta de la casa. Sandra cogió la manivela. Pero era imposible bajarla. Alguien había echado la llave, que no estaba metida en la cerradura.
Sandra se soltó de su hermana y empezó a hacer fuerza con las dos manos.
—¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! —dijo con desesperación. Incluso trató de apoyarse en la manivela y utilizar el peso de su cuerpo, pero no cedió—. ¡¿Qué mierda está pasando?! ¿Cómo han podido cerrar con llave?
Entonces escuchó a su espalda un chasquido, acompañado de un ruido sordo. Se sobresaltó y se giró. La escasa luz de la farola que entraba por la ventana iluminaba el cuerpo que yacía en el suelo: Beatriz. La gorra se le había caído de la cabeza, dejaba al descubierto lo que siempre le quería ocultar. Sus ojos azules ahora sí que no tenían vida de verdad. Apuntaban al techo.
Y detrás de ella una figura en la oscuridad. Estaba apoyada en la pared, su rostro quedaba envuelto en sombras. La luz dejaba a la vista la pistola que empuñaba, con un silenciador en el cañón.
—¡AAAAAAH!
Sandra soltó un grito a medio camino entre la desesperación, el llanto y el terror. La figura no se había movido. Pero Sandra corrió hacia la puerta del jardín. Esta sí que podía abrirse. Casi no lo consiguió por el temblor de sus manos. Sintió todo el cuerpo en tensión cuando la lluvia la empapó. Corrió por la hierba húmeda, perdiendo las zapatillas por el camino.
Sus pies se hundían mientras ella daba vueltas, con el corazón desbocado, sin saber a dónde ir. Trató de saltar el muro de piedra blanco, pero se raspó las manos y cayó hacia atrás.
—¡SOCORRO! ¡SOCORRO! ¡SOCORRO! ¡SOCORRO!
Se arrodilló y miró al cielo. Dejó que la lluvia le mojara la cara y cerró los ojos, apretando los dientes y deseando que todo fuera una pesadilla.
Pero un ruido la devolvió a la realidad. La puerta del jardín se abría con un chirrido. La figura iba encapuchada y portaba el arma. Apuntó hacia ella. Y disparó.
Un chasquido.
La bala no le acertó.
Sandra se levantó e intentó de nuevo saltar el muro. Las manos le sangraban. Sentía que algo se iba a romper dentro de ella. Un frío que la recorría. La cara empapada, mezcla de la lluvia y las lágrimas. Y los pasos de quien se acercaba a ella.
Miró a la figura encapuchada. Y agarró una piedra del jardín para tirársela. Le dio en el pecho y le hizo retroceder.
Lo aprovechó para correr de vuelta a la casa. Pasó por la cocina a toda velocidad. El corazón le iba a salir por la boca. No se atrevió a mirar al cuerpo inerte de su hermana. Subió las escaleras, tropezándose un par de veces con sus pies mojados y descalzos. Se metió en el baño, cerró de un portazo retumbante como un trueno. Echó el pestillo.
Todo estaba oscuro. Ella hiperventilaba mientras buscaba a tientas el mármol. Lo encontró y se apoyó en él. Con la frente. La alivió lo frío que estaba. Trató de controlar la respiración y calmarse. Poco a poco.
Aguantaría allí lo que hiciera falta. ¿El asesino tiraría la puerta abajo? Quizás alguien la hubiese escuchado en el jardín y se preguntase qué pasaba. Quizás alguien la salvaría. Algún vecino vendría a su rescate. Sí. Seguro.
Se convenció de que era así.
Y ya no oyó el latido de su corazón. Se relajó. Encontró la paz en el silencio. No escuchaba pasos fuera del baño. Solo la lluvia, repiqueteante e incesante.
Ella estaba empapada. Buscó la toalla que había junto a la puerta. La halló y se la pasó por el pelo. La dejó sobre el mármol. Suspiró y miró donde debería estar el espejo, preguntándose qué aspecto tendría.
Cerró los ojos.
Y su corazón volvió a latir hasta casi estallar en mil pedazos. Una mano fría le tapó la boca. Algo también frío y punzante se posó en su cuello.
La luz se encendió.
El reflejo del baño le devolvió la imagen de sus ojos llenos de terror. Otros ojos azules, casi idénticos a los suyos, brillaban como antaño. Una navaja le apretaba la garganta. Notaba el pulso repiquetear contra el acero. Estaba tan afilada que, apenas apretando, ya corría un hilo de sangre. La carne se abría, poco a poco. Muy poco a poco.
Y Beatriz sonreía mientras exhalaba el aliento cálido en la nuca de su hermana.
—¿Por qué? —atinó a decir Sandra. Apenas se oyó la voz entre los dedos de su hermana.
—Ha de ser así, hermanita, ha de ser así. Todos debemos morir. No solo yo. Siempre vamos a estar juntas. Tú misma lo has dicho antes.
Había placer en sus palabras.
—Yo te quiero, Bea —dijo, mientras las lágrimas bajaban por sus mejillas y mojaban la mano de Beatriz.
Ella soltó una risita. Se acercó a su oreja y le dijo en un susurro excitado, llenándole el oído de aire húmedo y caliente:
—¿Quién te dice que yo no lo haga?
Clavó la navaja. Muy hondo. La carne se abrió del todo.
La sangre saltó, como el agua de una manguera que lleva un nudo y se deshace, a presión y con brío. Igual que un aspersor que se enciende de golpe. Y salpicó todo: el pecho de Sandra, el mármol, el suelo, el rostro de Beatriz. Y el cristal del baño.
Allí Sandra contempló su reflejo. Vio cómo la sangre escapaba de su cuerpo. Cómo sus ojos abandonaban el miedo por un vacío. Vio cómo sus manos trataban de contener la hemorragia. Cómo ella caía sobre el mármol y balbuceaba palabras que jamás se pronunciarían.
Se vio morir. Y también a su hermana sonreír.
Cuando Sandra cayó al suelo y dejó de respirar, Beatriz soltó un suspiro resignado. Limpió la sangre de la hoja en su pantalón y se la metió en el bolsillo.
Se miró en el espejo lleno de sangre. Compuso una sonrisa y se encogió de hombros. Abrió la puerta del baño.
En el pasillo la esperaba impaciente el mismo hombre al que Sandra le había abierto la puerta. Llevaba la pistola con el silenciador en la mano.
—¿Ya está? —le preguntó.
—Sí, amigo —respondió Beatriz—. Trabajo terminado.
El hombre la miró algo inquieto, de arriba abajo. Reflexionando. Luego asintió.
—¿Me vas a decir ya dónde están escondidos el dinero y las joyas?
—Sí, claro. Pero antes, me gustaría pedirte una cosa.
—¿Cuál?
—¿Me dejas coger la pistola? —preguntó como si fuera una niña pidiendo un caramelo.
—No —contestó tras titubear un poco.
—Venga, porfa. —Juntó las manos y ladeó la cabeza. Era igual que una chiquilla inocente, con la sangre cubriéndole la boca y goteando. Parecía un vampiro en una noche de banquete—. Nunca he cogido una. Me gustaría hacerlo ahora. No sé si tendré la oportunidad más adelante. —Suspiró y dijo con voz apenada—: Me queda muy poco tiempo. Por eso… Por eso tenía que hacerlo esta noche. Para que ellos vinieran conmigo. No iba a quedarme sola allí donde fuera.
Mantuvo los ojos fijos en él, sin pestañear. El hombre lo pensó unos largos instantes. Finalmente, se la tendió. Con el seguro puesto. Beatriz la sostuvo, sin mirar al hombre, que tenía los brazos levantados y estaba preparado, en tensión, para actuar si lo veía conveniente.
—Pesa mucho —dijo Beatriz, asintiendo para sí. Tocó el silenciador—. Me gusta esto. Le da un toque muy chulo.
—Lo importante es que es útil —dijo el hombre con una sonrisa—. No que sea chulo.
—Supongo.
Se encogió de hombros y le acercó la pistola con una sonrisa. El hombre se relajó. En el momento que fue a cogerla, Beatriz le quitó el seguro y le disparó en la barbilla. Desde abajo. El hombre solo tuvo tiempo de abrir la boca en un gesto de pánico. La sangre brotó entre sus dientes. La bala le había perforado la barbilla y su lengua era un amasijo. Primero se golpeó la coronilla con la pared. Y luego fue cayendo, poco a poco, deslizándose. Hasta quedar sentado, con la espalda apoyada. Como si estuviera descansando a la vez que vomitaba líquido rojo sin cesar que empapaba su pecho y formaba un riachuelo.
A Beatriz le recordó a uno de esos toboganes de agua de los parques de atracciones. Aunque ella siempre los había visto en vídeos. Su padre no la había querido llevar nunca.
Miró la pistola que aún sostenía y se encogió de hombros. Con parsimonia, le metió dos tiros más en la cabeza. El cuerpo cayó hacia un lado, ya no era como un tobogán sacando sangre, sino como una marioneta a la que le han cortado las cuerdas.
Beatriz dejó la pistola en el suelo, fue hasta su habitación y encontró a Chompi. Junto al cadáver de su padre, lamiéndole la frente. Se percató de su presencia; bufó y la miró con odio.
—Pero, Chompi, ¿qué te pasa? Ven con mamá, anda.
Se acercó a él. Chompi se resistió un poco, pero acabó entre sus cálidos brazos, ronroneando.
Cerró los ojos.
Y ya no los volvió a abrir. Pues la navaja se le clavó en la garganta con tanta rapidez y precisión que murió al instante. Beatriz lo dejó caer junto a su padre. El gato quedó en su pecho con los ojos abiertos, todavía temblando, con espasmos.
Beatriz cogió el paquete de tabaco y el mechero que había en el suelo. Nunca había fumado. Por eso entrecerró los ojos y tosió mucho en la primera calada. La garganta le ardía y los ojos le lloraron. Pero siguió fumando. Total, de eso no se iba a morir. Se sentó en la cama y disfrutó de su cigarro.
De vez en cuando, tiraba la ceniza en la boca abierta de su padre.
—Había una vez dos niñas —dijo mirando a la linterna del suelo. Dio otra calada y tosió un poco—. Las dos eran muy guapas. Un monstruo decidió volver fea a una de ellas. Eso lo consiguió. Quería separarlas. Pero eso era imposible.
Con una mueca de asco, apagó el cigarro en la mejilla de su padre. Escuchó cómo chisporroteaba la carne, y dejó allí una marca negra. Lanzó la colilla apagada al interior de su boca, quedó enganchada en su lengua todavía húmeda, sacando humo por allí como si fuera una chimenea.
—Desde luego que era imposible. Una de las hermanas quería que estuvieran juntos los cuatro. Pero ¿por qué? Si había quienes no lo merecían.
Le dio un puntapié a su padre en el costado.
—Solo muriendo te perdonan tus pecados. Solo muriendo uno puede cambiar —dijo con voz débil—. Así, quizás, sí te merezcas estar con nosotras. Pero habrá que verlo.
Estaba un poco mareada por fumar, los ojos se le cerraban. La boca le sabía fatal. Pensó en ir a por algo de beber. Pero en ese instante, notó que el colchón se hundía. Miró al vacío que había a su lado y sonrió.
Preguntó muy orgullosa de sí misma:
—¿Lo he hecho bien?
FRAN SIMÓN POLO
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