EL COLUMPIO DEL TRISTE OLVIDO
Sus pies dibujaban un sendero en la nieve del cementerio. Lo había hecho con esmero, disfrutando del crujir del manto blanco en cada pisada, de cómo se hundía su bota. Siempre le había fascinado encontrar nieve virgen sobre una amplia extensión de terreno; le excitaba saber que ni siquiera una ardilla había posado sus patas allí. Cuando paseaba por el campo en los días de invierno tras una nevada, le gustaba pensar que solo Dios y él eran capaces de contemplar esa obra que tenía ante sus ojos. Era como algo a estrenar, como los zapatos que te pones por primera vez y todavía huelen a cuero. Al mismo tiempo sentía irrefrenables deseos de destrozarlo todo con la huella de sus botas, de lanzarse, cuando era mucho más joven, y formar con sus brazos y piernas la figura de su contorno.
Por eso había encontrado satisfacción esa mañana al despertarse. Sabía que nadie habría ido al cementerio; era una fecha muy señalada, pero no para honrar a los muertos. Aquel día de San Valentín el sol apenas se abría paso en el cielo invernal cubierto de nubes del color azulado del hielo. Las ramas desnudas de los árboles se sacudían la nieve con el paso del viento, esperando con fervor la llegada de la primavera que las volviera a vestir de color.
Él no había llevado flores. Ya bastante era haber acudido hasta allí en plena mañana, con la sensación de que le iban a estallar los huesos en cada paso, el aliento asfixiado trazando vaho y el corazón latiendo débil y quejoso. El sendero, que en verdad era de botas y base de bastón, moría allí donde descansan los que mueren. Él suspiró al leer el nombre de ella. Sus dedos rígidos como estalactitas buscaron un pañuelo en su bolsillo para secarse las lágrimas. Una cayó sobre la nieve, con un ruido sordo, y quedó allí como una gota de agua sobre un junco, sin ya fuerzas o calor para derretir.
Era el octavo San Valentín que pasaba sin ella, en la soledad que solo se conoce de verdad en los días que se pone el broche. Todos ellos habían sido casi iguales, aunque este era el primer San Valentín que nevaba. El tiempo podía ser diferente; por lo demás era una sucesión monótona de recuerdos que pervivían solo en su cabeza antes de un día cualquiera pasar al olvido. Eso le daba pánico. No temía la no existencia de su propio yo, pero sí la muerte de todo lo que había vivido.
Una vez, mientras tomaba café en el bar, le había preguntado una mujer joven:
—¿Usted no siente que la vida le pesa cuando piensa que no le queda ya nada por vivir?
Él pensó que nunca le habían preguntado con tanta educación algo tan grosero. Pero sonrió y respondió con voz de nostalgia:
—No me queda ya casi nada por vivir, pero ahora más que nunca disfruto de todo lo que hice. Solo cuando eres tan viejo como yo le das significado a la vida. Pues hasta entonces, la emoción es demasiado fuerte como para percibir la verdad. Crees que las cosas no acaban, porque te da miedo que terminen. Pero es precisamente por ello por lo que tienen sentido. La vida va de saber qué hacer con las herramientas y piezas que nos dan, como montar un mueble, pero solo muchos años después sabes para qué sirve ese mueble.
La mujer había asentido, algo intimidada por la contundente y elaborada respuesta. Él rio para sus adentros, sabiendo que había pasado muchas noches en vela pensando en ello hasta expresarlo tan bien y escribirlo en sus memorias. Allí era donde sus recuerdos serían imborrables y mucho más bonitos que todo lo que le quedaba por ver.
Nunca había escrito nada, pero ya hacía ocho años que una idea se había ido a vivir a su cabeza: que el amor que sentía por ella no muriera. Ese era su mayor problema; se había dado cuenta de que la gente pasaba el tiempo tratando coleccionar cosas tangibles, algunas perennes, pero lo que de verdad importaba era lo intangible. Eso solo vivía dentro de él, hasta que un día…
Lo notaba. Los días eran más amargos, con menos color y más dolorosos. Le costaba un esfuerzo tremendo salir de la cama, no quería comer apenas. Solo deseaba terminar ese maldito libro y descansar. Se imaginaba en sus momentos más oscuros muriendo sobre un lecho de hojas escritas, con los ojos mirando un "te quiero" justo antes de desvanecerse.
Pero le ardía creer que escribirlo no sería suficiente. Pensaba que igual los demás no sentirían lo mismo que él. No la amarían a ella a través de sus páginas. Una vez él se fuera, nadie querría a su mujer. No habían tenido hijos. La hermana de ella había muerto cuando era pequeña, una gripe se la llevó. ¿Quizás lo intangible era lo más valioso porque se acababa perdiendo?
Se acercó a la tumba y rozó con sus dedos la inscripción esculpida en la piedra, complaciéndose con el relieve de cada letra, pasando la uña por ellas y escribiendo su nombre. Pensaba que quizás así la inscripción perdurase más cuando un recuerdo le sobrevino: el día que se conocieron. Bueno, el día que ella lo conoció a él, mejor dicho. Porque él estaba prendado desde hacía tiempo. No sabía qué le pasaba en su mente infantil, pero tenía la sensación de que no podía dejar de mirar a esa niña rubia de trenzas que se columpiaba sin quitar la vista de sus propios zapatos, con gesto mustio y sin hablar con nadie. Él creía que estaba hechizado o que a los ojos les pasaba con algunas personas como a las piedras imanes que le había enseñado su primo Alfonso. La miraba como si quisiera capturar cada gesto y cada detalle. Luego, pasaba las horas en su habitación imaginándola. No tenía que forzarlo; cerraba los ojos y allí estaba ella, sonriendo de una forma que no sabía si él mismo se había inventado. Pero lo quería descubrir.
Así que un día fue hasta allí, armado de valor, y se sentó en el columpio contiguo, las cadenas chirriaron y provocaron que ella levantara la cabeza, mirándolo con la suspicacia que bañaba sus ojos negros. Hasta arqueó una ceja y torció los labios. No sonrió, lo hizo él, como un bobo, conteniendo las ganas de salir corriendo de allí y tratar de calmar a su corazón desbocado.
Luego, descubrió cómo sonreía. Él era un afortunado, pues lo hacía mucho mejor que en su imaginación.
—Te echo de menos —le dijo a la tumba con voz ajada—. Todos los días. Hoy te voy a hacer un regalo de San Valentín, voy a terminar mi libro. Nuestro libro. Lo sabrán, te aseguro que lo sabrán.
Se giró y regresó sobre sus pasos, dejando constancia en la nieve de la ida y la vuelta. Cuando abandonó el cementerio, los copos salieron de las nubes y rellenaron las cavidades de las huellas. Unas horas después, parecía que nadie había estado en el cementerio.
Él llegó a casa con un traspié. No esperó ni a reponerse para acercar su cuerpo tembloroso al radiador. Poco a poco, sus dedos entraron en calor y ya casi no le dolía moverlos. Tenía los pies húmedos, pues la nieve se las había apañado para entrar en sus zapatos y ahora se derretía. Fue a quitárselos, pero agacharse fue un suplicio. De pronto, no era tan mala idea tener los pies mojados.
Avanzó despacio por el pasillo, con la respiración sibilante que se volvió quejumbrosa al comenzar a subir las escaleras. Le agotaba mucho hacerlo, hasta tal punto que dormía en la planta de abajo, entre los cojines del sofá. Pero ese día quería algo que solo estaba en el segundo piso. El frío lo mordió cuando terminó la escalera y abrió la puerta. Con la ayuda de la chica que limpiaba la casa y le hacía la compra, había cerrado los radiadores de la parte de arriba para ahorrar. Tembló incluso con el abrigo puesto, entró a una habitación y se dejó caer sobre la cama. En parte porque perdió el equilibrio, en parte porque tenía mucha prisa por abalanzarse sobre la almohada y aspirar el olor. Era el de ella. Ocho años después, esa habitación la conservaba de alguna manera. No era inmortalidad, pues cuando él muriera, ¿quién iba a saber a qué olía ella? Ni siquiera lo sabía él. No podía compararlo a nada que hubiera olido en ningún sitio.
Derramó lágrimas y buscó en las bolsas que había sobre la cama, jugando con las pertenencias de su esposa. Encontró aquel collar que siempre se ponía para los bailes. Sonrió al recordarla junto a él, y notó su calor, el roce de su pelo y su aliento en el cuello. Los besos que hacían que toda su piel se pusiera de gallina. Si hubiera sabido en aquel entonces que un día eso se perdería, la hubiera besado un millón de veces más. Pero no lo sabía. Pocas veces se saben las cosas cuando se deben saber.
Sus dedos helados dieron con los pendientes que le había regalado en sus bodas de plata. Él fingió no acordarse de la fecha señalada y soportó, con una sonrisa y los nervios palpitantes, el enfado de ella durante todo el mes previo. Le pidió a una amiga de ella que la llamara para sacarla a cenar esa noche, que le dijera que acudiera a su restaurante favorito, ya que su marido se había olvidado, no iba a dejar que pasara un día tan señalado sola. Allí estaba él esperándola; pajarita verde en el cuello y camisa recién planchada, regalo con lazo en el bolsillo. Y la sonrisa en su boca al ver las lágrimas de su mujer rodando por sus mejillas.
—A veces te mataría —dijo ella, con el rostro arrebolado y sentándose a la mesa.
—Y otras en cambio me quieres comer —completó él con el susurro de una canción.
Los dedos de ella temblaron mientras deshacía el envoltorio. Él movió los pies inquietos por debajo de la mesa. Ella se llevó una mano al pecho al ver el brillo de los pendientes. Luego lo miró a él, y su sonrisa se ensanchó. Entonces, él supo que todo había merecido la pena.
Halló en la bolsa la carta que le mandó cuando se fue a hacer la mili. La letra estaba muy emborronada, trató de leerla, pero le fue imposible. Recordó el frío que pasó mientras la escribía, y lo que le calentaba el corazón pensar en ella y en encontrarse de nuevo.
Siguió buscando en las bolsas y soñando recuerdos, hasta que se quedó dormido sobre ellos y empezó a vivirlos.
Despertó a las horas, y se puso en pie a duras penas, ayudado por el bastón, solo le costó un par de gañidos de sus huesos y articulaciones; bajó las escaleras. La noche se colaba por las ventanas y dejaba el interior en una semipenumbra que barrían de cuando en cuando los faros de un coche que pasaban por la calle. Él dio la luz de la cocina, que parpadeó antes de encenderse del todo. Vio las hojas de sus memorias, escritas a lápiz. Estaban ordenadas y tenían el grosor de medio palmo. Una de las hojas estaba aparte. Él no dejaba de borrar con la goma la misma parte para escribirla con palabras diferentes. Casi siempre usaba sinónimos o cambiaba el orden, pero nunca se quedaba conforme. Cuanto más la leía, menos le gustaba. Incluso llegaba a odiarla con todas sus fuerzas. La hoja estaba arrugada de la cantidad de veces que la había apretado deseando romperla. En ese momento se podía leer: "Ella era como una antorcha a la que temen las brumas; pero solo alumbraba si la portaba yo, solo calentaba cuando estaba en mis manos, solo yo sabía cómo ella funcionaba. Era como un fuego que para los demás es demasiado ardiente; yo podía meter las manos sin quemarme, hasta lamer las llamas que sabían a caramelo".
Él borró con la goma, tan horrorizado que el bastón se le cayó, y ya no lo recogió. De pie, algo encorvado, comenzó a escribir: "Ella era un rayo de luz que resquebraja las nubes negras que se ciernen y presagian una tormenta. Cuando la veía sonreír, sentía que todos los cuentos podían ser de verdad. Una vez me dijo que me quería, y lo dijo con tanta ilusión que hasta yo me empecé a querer. Le debo todas mis sonrisas y la mayoría de mis lágrimas".
No sabía si era peor o mejor que lo anterior, pero metió la hoja en la pila, en su lugar correspondiente, y sacó la última página, la que todavía no se había decidido a escribir. Daba por hecho que los libros, los buenos, acaban de una forma que te dan ganas de no cerrarlos nunca o de volver a empezarlos. Pero a él no se le ocurría nada que estuviera a la altura de ello, de ella. Al menos no hasta ese momento.
Abrió el congelador y sacó la lasaña de atún que le encantaba a su mujer. La metió en el horno y pasó unos minutos pensando finales que no lo convencían. Chasqueaba con su lengua, con la vista fija en la ventana, viendo la nieve caer y al vecino de enfrente luchando con una pala para despejar su vado y meter el coche en el garaje.
Luego, cuando el horno terminó, puso la lasaña en un plato y lo llevó a la mesa, junto a las hojas de sus memorias; esperó paciente a que se enfriara, el humo cálido ascendía y formaba volutas alrededor de su nariz. Apenas probó bocado, pues se le ocurrió una gran frase en el momento que el atún y el tomate quemaban su lengua. Emocionado, cogió las hojas y el lápiz para llevárselas al salón, donde le gustaba más escribir y el silencio era tan profundo que se escuchaba el deslizar de las agujas del reloj y el zumbido de las bombillas. Siempre y cuando no encendiera la televisión para no pasar el día entero sin escuchar una voz. Esta era la definitiva, había aparecido la frase en su mente como en una epifanía de letras brillantes y ondulantes. Su corazón se disparó por la alegría y botó al ritmo de una canción que conocía demasiado bien.
En cuanto se levantó, notó un puñetazo en el pecho, en el lado izquierdo, que no dejaba de hacer presión igual que unas planchas de hierro al rojo vivo. Un hormigueo que se transformó en agonía en el brazo izquierdo. La visión borrosa y apenas unos gorjeos en su boca abierta, por allí salieron los restos de lasaña masticada, justo antes de que las hojas se esparcieran por el suelo de la cocina.
Todavía conservaba el lápiz en la mano cuando cayó sobre ellas. Buscó con la vista la última hoja, por si había suerte y quedaba al alcance. La había. Estiró el brazo un poco y posó la punta de grafito en el papel; dibujó unos trazos que eran casi letras discernibles, con eso le bastaba. Ya solo le quedaba la última frase cuando el pecho le dolió tanto que tuvo un espasmo; su cuerpo tembló como si un trueno hubiera estallado en su interior. Entonces, se dio cuenta de que no podía respirar, de que apenas veía una neblina negra y danzante entre las hojas.
Solo un poco más, pensó, solo un poco más.
Fue a escribir el final, pero la mano no le respondía; el ojo izquierdo le palpitaba, pidiendo cerrarse. En el pecho, los tambores redoblaron, alguien golpeó con fuerza el bombo, y él solo pudo emitir el débil sonido de un animal asustado con esa lengua que le sabía a metal. El lápiz le resbaló de los dedos y rodó por el lecho de hojas, que se teñía de carmesí por la sangre que le brotaba de la brecha de la frente.
El final, pensó, ¿cuál era el final? No podía acordarse. Solo sabía que tenía que escribirlo. El velo sombrío lo cubría y tiraba de su mente, llevándola a jirones a fundirse con la bruma infinita antes de disiparse.
¿Cuál era el final?, siguió pensando hasta el último hálito. Hasta que la respiración huyó de sus pulmones y el corazón explotó en manchas rojas y negras. Se rindió.
Entonces sonrió y se sintió un niño otra vez, corriendo con los pies descalzos por la nieve virgen de las mañanas de hielo, lanzándose sobre ella y moviendo los brazos y piernas, haciendo el contorno de su cuerpo, que sería imborrable hasta el nacer del sol. Escuchó a su madre llamarlo por su nombre, con una dulzura caliente como una taza de chocolate, y una risa infantil en un jardín de rosas blancas, de pétalos arrastrados y mecidos por el viento que se adherían a las faldas de una mujer. Oyó a su padre preguntando por él, con aquella voz grave que creía haber perdido en el olvido. Su madre cantó, y a él le cayó una lágrima sobre el "te quiero" de la hoja. ¿Cómo podía acordarse de esa canción? Pero podía, por supuesto que podía; sonaba clara como el cristal en su oído y lo hacía vibrar cuando la sangre salía a borbotones por su boca y dejaba ilegibles las letras de muchas hojas.
Y la vio. Se balanceaba en el columpio con una parsimonia lánguida. No lo oyó llegar. Pero cuando el hierro chirrió, ella no levantó la cabeza para mirarlo suspicaz, sino que sonrió. Sonrió como si llevara esperando toda la vida que él se sentara en el columpio contiguo. Los ojos oscuros brillaron, eran pellizcos de luna y estrellas.
En ese momento, él se olvidó de que tenía que escribir un final. Pero no pasaba nada. Con un poco de suerte, se lo podría decir a ella.
FRAN SIMÓN POLO

Comentarios
Publicar un comentario