COMOYO
Era un día de sol triste. Para Lauriel, era presagio de malas noticias. Ella recordaba lo que había sucedido la última vez que el sol estaba triste y… Apartó los pensamientos de su cabeza con un zangoloteo. Así se lo había enseñado su mejor maestra: ella misma.
Salió de la cama y las tablas del suelo crujieron. La cabaña de la copa del árbol bamboleó y amenazó con desgajarse; por un momento, Lauriel creyó que era el fin y que el sol triste iba a tener explicación prontamente. Sin embargo, la resina que había usado para unir la madera hizo su función y la cabaña se mantuvo en su sitio.
Lauriel sonrió y se abrazó el pecho, le susurró a su corazón que dejara de aletear con tanta fuerza. A este le costó un poco hacerle caso. Cuando este dejó de aullar de miedo, Lauriel bailó para que se moviera de alegría. Y con una sonrisa, comenzó a bajar por las escaleras que había unido al tronco en forma de tablas rugosas que se desmigaban en cada roce. Estas rasparían una piel poco endurecida, pero no la de Lauriel. Llegó al suelo y los olores del bosque la rodearon, ella manoteó para apartarlos y cantando con una dulce voz de gotas de miel sobre arándanos, marchó hacia el río.
Sus aguas eran frescas como el hielo y tan reflejantes como el cristal. Por suerte, ni eran duros como lo primero ni cortaban como lo segundo. Y eso bien lo sabía su brazo lleno de cicatrices desde el día que trató de escapar por la ventana de aquel almacén.
Además, ni siquiera sabía por qué había entrado allí. Era sucio, oscuro y mohoso. Habían cubierto todo de papel para que no entrara la luz. ¿Quién podía ser tan desalmado como para ello?
Ah, sí, tenía mucha hambre de curiosidad. Por eso decidió entrar al edificio y descubrir que no debía hacerlo nunca más. El hombre se había vuelto loco, pero muy loco. La había perseguido con un garrote mientras decía que se marchara de su propiedad. Qué ridículo. ¿Cómo podía creer que las cosas eran suyas?
Llegó a la orilla del río. Iba corriendo y se detuvo con un grito ahogado: una bandada de pájaros estaba en la tierra mojada, y Lauriel se avergonzó de haber estado a punto de espantarlos. Como si ella tuviera más derecho que ellos a estar allí. Así que fue despacio, los pájaros no se asustaron, pues Lauriel sabía que nunca lo hacían si no hacías nada bruscamente y tus intenciones eran buenas. O más que buenas, respetuosas, sí, que no es lo mismo. Pues hay quienes creen que es bueno comerse un animal, y entonces huyen igual.
Lauriel se miró en el agua, luego sumergió la cabeza y deshizo los nudos de su pelo enredado. Para ello, tuvo que tomar prestada una piedra que sirvió para aplanárselo. Luego la dejó donde la había encontrado y le susurró un gracias.
Más tarde, se adentró en lo más profundo del bosque, allí donde los árboles le hacían regalos en forma de fruta colgando de las ramas. Comió manzanas hasta hartarse. Es decir: dos pequeñas. Se había pasado, por lo que se quedó sentada con la mano en el vientre, tratando de digerirlas. Miró al árbol con algo de vergüenza, seguro que él estaba sorprendido de su mala cabeza.
Se recuperó. Era hora de jugar a fundirse con la naturaleza. Lauriel se quedó callada y forzó su concentración para oír todos los ruidos del bosque. Se mimetizó con ellos y compuso una nota de silencio inquietante para oídos muy finos que jamás morarían por allí. Entonces, danzó, danzó y danzó.
Hasta que tropezó por lo que escuchó. No podía ser. ¿Cómo podía haber alguien llorando en el bosque?
Rauda, marchó hacia la fuente del sonido, sin procurar esquivar las ramas que se clavaron en su brazo y le hicieron un corte en el hombro que sangraba poco a poco, y goteaba para dibujar un sendero que marcaba su paso.
Salió de una nube de hojas y lo vio, tuvo que contener las ganas de vomitar. Allí, en el suelo, había acero. Acero de humanos. ¿Cuándo…? No podía dormir tanto. Era una vaga, se dijo a sí misma, había permitido que entrasen los cazadores, y lo que era peor: que tuvieran éxito. No habían cazado a ningún animal del bosque, porque ¿de dónde había salido ese perro? Eran criaturas nauseabundas que se dejaban dominar por los humanos y que cazaban para ellos. Por eso, Lauriel miró al cachorro con algo de desdén y se aclaró la garganta:
—¿Has sido tan tonto de caer en las garras de tu propio amo?
El perro gimió y sus ojos azules derramaron lágrimas.
—Oh, ¿ni contestarme sabes, esclavo?
Él ladró débilmente y se movió antes de aullar de dolor. Su pata trasera izquierda había sido presa de un cepo que lo mordía. Lauriel vio la sangre que manaba de la herida y titubeó.
—Bueno, como no quiero que mueras en el bosque, voy a liberarte para que vuelvas con tus amos y que ellos te curen.
Lauriel manipuló con cuidado el cepo. Al principio, el perro se revolvió, ladró e intentó incluso morder. En cuanto la presión cedió, movió el rabo alegremente. Se abalanzó sobre Lauriel para lamerle el rostro con una lengua de saliva espesa y caliente. Eso estuvo a punto de provocar que Lauriel se pillara el cepo con los dedos.
—¡Cuidado, perro de humanos!
Se levantó, pero el perro se las apañó para quedarse en sus brazos. O quizás era ella la que lo había abrazado. Vio los ojos azules del perro muy brillantes y próximos a los suyos. La lengua fuera y la sonrisa desdentada. Olía a algo que no era bosque, pero no olía mal. Le volvió a lamer la cara.
—¡Que te he dicho que pares!
Lo dejó en el suelo y el perro no se tuvo en pie.
—Bueno, y ahora vete. No hace falta que me agradezcas, pero por aquí no vengas más.
Pareció que el perro le hizo caso, y se movió arrastrándose entre gañidos. Lauriel se dio la vuelta con las agujas clavándose en su corazón. Se giró de nuevo.
—Bueno, si insistes, te puedes quedar hasta que te cures.
El perro seguía alejándose, pero Lauriel lo cogió en brazos.
—Que sí, ahora no seas tonto, que ya me has convencido. Soy dura, pero no tanto. Venga, ven conmigo a mi cabaña para que te cure. Allí tengo hierbas que sirven para mis cortes. Como el de mi hombro —dijo mirando la sangre que descendía y dándose cuenta del escozor.
Una voz grave la hizo temblar. No muy lejos, había hombres que se dirigían hacia su posición. Lauriel se refugió en la maleza con el perro en brazos y el corazón desbocado. Un minuto después, dos hombres de nariz ganchuda, arrugada y fea, con un rifle cada uno, se asomaron al lugar donde estaba el cepo. Lauriel los miró con los ojos muy abiertos, y notó el calor tranquilizador de la lengua del perro.
—Un animal ha caído en el cepo —dijo de una forma tan excitada que hizo que los árboles lloraran.
El otro hombre respondió:
—Y se ha soltado, pero aquí está la sangre que ha ido dejando.
Señaló la zona donde se escondía Lauriel. A ella le latió tan fuerte el corazón que creyó que le iba a estallar. Las piernas no le respondían. Los hombres se acercaban. Entonces, el perro la volvió a lamer en el cuello y ella volvió a la realidad un segundo, lo suficiente para decirle a su cuerpo que arrancara. Y corrió entre la maleza, tropezándose y dejando más sangre para los que la buscaran. Los hombres corrieron entre gritos que asustaban a animales que salían despavoridos. Lauriel llegó hasta el árbol de su cabaña. Con dedos temblorosos, comenzó el ascenso, pero no podía con el perro en brazos. Lauriel ya lloraba de pánico y escuchaba a los hombres tan cerca. El perro, como si la entendiera, se agarró a su espalda. Y Lauriel ascendió sin aliento, rompiendo las tablas que formaban las escaleras con sus pies. Por ello, al día siguiente debería buscar alguna forma alternativa de bajar, o hacerlo abrazada al tronco y llenándose de resina y cortándose.
Sin embargo, fue eso lo que la salvó. Los hombres vieron que el rastro de sangre terminaba allí. Vieron la madera rota, pero no la identificaron con las escaleras. Lauriel temblaba abrazada a su perro y miraba por una rendija del suelo. Creía que la cabaña estaba cubierta por ramas y hojas, de modo que nadie la podría ver. Su corazón se volvió a desbocar cuando uno de los hombres miró hacia arriba; sintió que sus ojos la traspasaban y la poseían.
El hombre dijo:
—Vamos, Mileson, creo que tiene que haberse ido por allí. Ha perdido mucha sangre. Pronto caerá desfallecido y podremos llevárnoslo.
Se alejaron. Entonces, Lauriel se relajó. Para después odiarse a sí misma por no ser capaz de impedir que aquellos camparan a sus anchas por el bosque, pudiendo causar los males que quisieran. Aunque primero, tenía una herida que atender. Bueno, dos. Durante un rato, se limpió la herida y limpió la de la pata. Aplicó las hierbas necesarias. Pronto, el perro movía su cola y se arrastraba con frenesí por la cabaña, husmeando y olfateando.
—Eso —le dijo Lauriel—. Aprovecha. Porque en cuanto te puedas mover, tendrás que irte con los humanos.
El perro la miró confundido. Una oreja le cayó y ladeó la cabeza.
—¿El qué te extraña? ¿No eres de humanos?
Ladró y ella entendió que no.
—¿No eres de nadie?
Ladró dos veces y ella entendió que sí.
—¡Anda, pues eres como yo!
El perro abrió la boca y jadeó alegre. Se acercó a ella y le lamió la espinilla.
—Qué pesado eres con la lengua. Y qué dulce —dijo con una sonrisa de satisfacción.
Como ya sabrás, el perro se recuperó en la cabaña de Lauriel. Y cuando lo hizo, ella interpretó los ladridos que hicieron falta para entender que él se quería quedar allí. Para siempre. Y aunque no sepa perruno, Lauriel tenía razón.
—Ya sé cómo llamarte —le dijo Lauriel un día mientras lo peinaba con un cepillo que había tomado prestado de una casita de la linde del bosque, pues ahora veía con mejores ojos entrar con frecuencia en ellas y tener cosas para cuidar del perro. Este lo miró inquisitivo, como si se muriera de ganas por conocer su nombre—. ¡Comoyo! —le dijo con una alegría desbordante—. Porque no eres de nadie y vives en la cabaña de los árboles, como yo.
Comoyo ladró complacido. Apoyó la cabeza en el regazo de Lauriel, que lo acarició detrás de las orejas suavemente. Y juntos, vieron al sol alegre marcharse, recibieron las estrellas y la luna en cuarto creciente como una sonrisa les dio las buenas noches.
FRAN SIMÓN POLO
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