EL MALVADO LOCALION

El miedo le traspasó el pecho como un cuchillo al comprobar las heladas manos de la princesa. Ella no podía morir, no, él no la dejaría. La princesa exhalaba gañidos de esputos sanguinolentos; bocarriba y con los ojos cerrados, tumbada en la cama, una mueca de dolor le cruzaba el rostro. El paño húmedo para la fiebre le resbalaba de la frente. Pero el calor ya no era un problema, sino la ausencia de este.

Bínrabel sabía perfectamente lo que sucedía en estos casos, cuando el calor se disipaba de la sangre y el corazón se detenía para no volver a latir nunca más; así que con manos nerviosas buscó en los cajones de la cómoda. Toda la habitación estaba llena de cachivaches esparcidos por doquier tras la llegada de la princesa a sus aposentos. Bínrabel agarró un cuenco y unas hojas de lívano, colocó estas dentro y las aplastó con esmero antes de mezclarlas con otra hierba hasta formar un mejunje.

Él no tenía tiempo para más. No, él no podía demorarse. Se acercó a la cama y colocó el cuenco sobre los labios de la princesa. Volcó poco a poco el contenido ayudándose de un cucharón. La princesa estaba tan débil que no abrió los ojos ni preguntó qué era aquello, tragó despacio sin rechistar.

Bínrabel dejó el cuenco sobre la mesa y esperó un largo rato. Con los dedos entrecruzados y tabaleantes, observaba a la princesa que hacía pocos días era la más bella del reino. Ahora su cabello rubio y sedoso se había encanecido y endurecido, le rodeaba la cabeza como cuerdas viejas y nudosas. Los labios rojos como el vino y carnosos se habían empequeñecido. La piel ya no lucía, sino que palidecía. Pero pronto volvería a ser la más bella, al menos para Bínrabel lo era y lo sería.

Él respiró con normalidad cuando también lo hizo la princesa. Aliviado, acercó dos dedos al cuello para tomarle el pulso. Regular y lento, como las aguas tranquilas de un río en un tramo de poca pendiente. Le tomó las manos que estaban empezando a adquirir calidez. Delicadamente, muy delicadamente, le retiró el paño de la frente para posar los labios allí. Fue solo un segundo en el que pudo imaginar su vida entera junto a ella. Metió el paño en el cubo de agua, lo escurrió y lo puso sobre la frente de su amada.

Suspiró antes de salir de la habitación y dedicarle un vistazo de ojos admirados a la princesa. Querían venir a por ella, pero no lo permitiría, no dejaría que cayera de nuevo en las garras de esos desalmados. Cuando la princesa despertara, podrían huir, pero hasta entonces debía reposar. Jamás sus enemigos encontrarían el escondite del bosque de Lánbothas. Jamás. Pensó en Lord Localion, aquel violador que tanto había hecho sufrir a Lady Vallet, de cabellos rubios como el oro y corazón tan negro como el carbón. Decían que era guapo, pero solo podían verlo así quienes se quedaban en la corteza de los árboles y no exploraban los frutos que daban estos. Bínrabel imaginó su llegada, al cerdo de Localion arrebatándole a su amada Vallet… Tuvo que apoyarse en el marco de la puerta y respirar hondo para calmarse. Abrió la puerta de la habitación de la princesa y la miró. Allí estaba, en su cama durmiendo dulcemente. Sí, Localion no le pondría las manos encima.

Tras sentir que la tensión disminuía, bajó las escaleras construidas en el interior del tronco de un árbol, y al pie de estas halló su gato. Era como un tigre en miniatura y se estiraba con parsimonia. Maulló para saludar y Bínrabel le hizo un gesto para que se subiera a su hombro. Juntos, salieron por el hueco del árbol.

Las estrellas brillaban con la fuerza de la noche más oscura. El viento se alzaba para rozar las hojas y susurrarles cálidamente antes de saltar por ellas. Bínrabel caminó hasta la laguna donde se reflejaba la luna y se asomó al abismo negro de sus aguas. Se vio a sí mismo y su gato, y sonrió tímidamente. A su lado había un palo que sostenía una red llena de anzuelos con cebos para peces hambrientos y despistados. Se agachó para ver cuántos habían caído ese día cuando lo que escuchó le erizó el vello de la piel. El viento le trajo a sus oídos ladridos de perros y gritos de humanos. Corrió a la maleza para luego salir de esta y escudriñar entre los árboles: el fuego de antorchas que se engrandecían en la oscuridad y titilaban estaba cada vez más próximo.

Pensó en hacerles frente, derrotarlos y enterrar sus cuerpos donde no pudieran encontrarlos y así evitar que otros curiosos husmearan en el mismo sitio. Pero podía ser un error fatal. Si perdía y ellos no encontraban el árbol secreto, la suerte de la princesa estaba echada. Ni siquiera viviría esclavizada por aquellos piojosos desharrapados. Ella no recibiría las atenciones de Bínrabel y… moriría.

Eso le dio un pánico tan profundo que se vio corriendo sin pensarlo hacia el árbol. Lo cual fue un grave error, pues los perros siguieron el rastro y le dieron alcance justo cuando entraba por el hueco. Uno de ellos se abalanzó sobre él y le mordió la espalda. Bínrabel soltó un alarido y se lo quitó como pudo. Otro cerró su mandíbula en la pierna y Bínrabel tuvo que apartarlo cogiéndolo de la cadena de hierro que utilizaban sus maltratadores y lanzándolo a lo lejos.

Entonces, los hombres aparecieron con rostros cansados y sudorosos. El fuego de las antorchas que portaban bailaba e iluminaba sus facciones sonrientes, sus ojos oscuros como cavernas profundas con el brillo de las llamas impreso. A Bínrabel le parecieron cadáveres tortuosos que se levantaban de la tierra y se componían de polvo y huesos, dispuestos a cualquier fechoría.

—Andrajoso —le dijo uno de ellos, rubio de pecho henchido—. ¿Dónde tienes a Lady Vallet?

Bínrabel sintió un odio profundo en cada palabra de aquel ser nauseabundo. No quiso ni pensar en que ese era Localion. Habló temblando de pura rabia que estaba a punto de desatarse.

—¡Jamás Lady Vallet será tuya! ¡Es mi princesa!

Las carcajadas se desataron en el grupo de soldados, que dieron un paso más y lo acorralaron. El rubio llevaba la iniciativa y desenvainó la espada. El ruido del filo cortante hizo temblar las raíces de los árboles. Colocó la punta mirando a Bínrabel.

—¿Está en ese árbol grueso que has hechizado de algún modo? ¡Habla!

Bínrabel levantó un dedo, dándose cuenta de pronto de lo absurdo de negar que aquel demonio con forma humana era Lord Localion.

—¡Tú no me das órdenes, sucio perro! ¡No te casarás con mi princesa! ¡Vete de aquí y no vuelvas, violador!

Localion rio con fuerza, y Bínrabel no pudo tolerar que se regodease de lo que había hecho.

Dio una palmada, y entonces el gato de Bínrabel maulló de forma prolongada que se convirtió en un rugido. Y el gato ya no era gato, sino un fiero tigre que se abalanzó sobre el caballero. Los hombres ya estaban prevenidos de estos trucos, y las flechas de las ballestas saltaron entre restallidos para adornar el cuerpo del animal que cayó inmóvil sobre la tierra, bañándola de sangre.

Bínrabel aulló. La oscuridad comenzó a rodearle como una capa de grumos negros, y los cuernos de su cabeza brillaron de un rojo incandescente típico de las fraguas encendidas. Los ojos que eran un crisol de colores se agrandaron y saltó con sus colmillos sobre Localion, pues ya no quería la victoria, sino la derrota de este. El caballero lo esquivó con una voltereta lateral y clavó la espada por encima de la pezuña del andrajo. La bestia gritó de dolor y de rabia, y las lágrimas brotaron al mismo ritmo que la sangre. Perdió el poco tiempo que le quedaba en escupir palabras y conjuros fútiles. Localion le cercenó la cabeza al andrajo, y los perros la cercaron cuando terminó de rodar para ladrar nerviosos y con los rabos enhiestos.

Así fue como el hechizo se disipó. No había árbol enfrente de ellos. Una cabaña desvencijada, sucia y de madera podrida escondía a la princesa Vallet atada en una cama. Encontraron todas las maléficas hierbas que el andrajo le había suministrado para tenerla enferma e ir transformándola en algo infecto como él. Y Lord Localion pudo llevar a Lady Vallet de vuelta al castillo de su padre, el rey Buklet, quien la recibió exultante y lleno de lágrimas, perdones y gracias. Abrazó lo que era su hija durante dos noches seguidas en las que lloró sin parar y le prometió todas las veces que el tiempo le permitió que la iba a amar siempre, pasara lo que pasara.

Tras unos meses, la princesa no recobró su verdadera forma, por muchos brujos y curanderos que la atendieron, pero Lord Localion tampoco rompió su compromiso, pese a que Lady Vallet era una sombra de lo que fue antaño, con unos cuernos asomando ligerísimamente y los colmillos más afilados. Todos decidieron fingir que ante ellos se paseaba con gracilidad la princesa más bella del reino. Así que ella dejó de despertarse con pesadillas de andrajos en la noche oscura, y los recuerdos de su estancia en la cabaña del bosque de Lánbothas solo fueron hebras de un sueño febril que se deshacen entre los dedos.

Vallet jamás sabría que desde bien pequeña tuvo unos ojos multicolores sobre ella, pues consideraba que era una presencia, una sombra que la acompañaba en las salidas al bosque o en los caminos rodeados de frondosa hierba. La percibía desde una edad tan joven, que nunca le prestó importancia. Pero Bínrabel a ella sí. Por ello la locura lo dominó cuando vio lo que vio aquella noche en la orilla del lago. No lo entendió, en su cabeza siempre había fantaseado con el amor secreto que le profesaba Vallet, los gemidos no podían ser de placer, sino de dolor. Aunque se parecían demasiado a lo primero. Lo consideró un simple desliz, hasta que a sus oídos llegó la noticia del casamiento, y él todavía no había puesto en marcha su plan, en el que le pedía al rey Buklet la mano de su hija y todos los nobles aplaudían su audacia y lo acogían como uno más. O quién sabe si como el más agraciado de todos ellos.

Vio imperioso impedir que la boda se celebrase, aunque fuera lo último que hiciera.

Y fue lo último que hizo. Pero la boda se celebró, con un banquete multitudinario en los jardines del castillo, entre vino, asados, jolgorios, música y risas. El mismo festín se daban en ese instante las lombrices comiendo tigre y andrajo.

 

FRAN SIMÓN POLO 


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